miércoles, 19 de octubre de 2011

Trilogía Otoñal III. Lluvia


Por fin, el agua. Llevábamos muchos meses sin oler el aroma del aire mojado. Desde la parada del autobús veo la montaña borrosa, diluida bajo el aguacero. Aún faltan casi 15 minutos para que llegue “el Correo”, eso si llega puntual. El pensamiento va y viene durante la espera y me entretengo mordisqueando la manzana que he cogido del árbol de tía Eugenia hace un rato. ¡Está rica! No lo esperaba pues casi siempre son algo ácidas en esta zona. Supongo que el largo verano ha colaborado y por este año los frutos son más dulces de lo habitual. Siempre me he preguntado a quién se le ocurriría plantar este tipo de árboles en una zona con un clima tan hostil. Desde luego, yo he visto el árbol ahí toda mi vida, y siempre oí que la casa de mi tía perteneció a la familia desde siempre. ¿Plantaría el manzano alguno de mis antepasados? ¿Quién sería? ¿pensaría que iba a durar tantos años, hasta un tiempo en el que uno de sus familiares remotos pensase en él o en ella gracias al árbol?


Oigo un motor y tras la curva aparece el autobús. No hace falta que le haga señas, pues Nico, el conductor, sabe ya de memoria donde hay pasajeros esperando.


   - hola Nico -saludo

   - hola Andrés, ¿otro día de lluvia, eh?

   - sí, ya se necesitaba -respondo, calcando el argumento que Nico oirá tantas veces a lo largo del día de hoy.

Me siento justo en el penúltimo sitio del lado del conductor. Siempre elijo el mismo lugar. La mayoría de los pasajeros son los habituales y también están sentados en los mismos sitios. Rutinas de pueblo entre semana. Conozco a casi todos, Pedro, el de Barraca, jugué a fútbol de pequeño con él y con su hermano. El tío Mero, de Salvaguardia; ahora está jubilado pero fue un ganadero importante, y quien compró las últimas vacas a mi abuelo hace ya muchos años. Siempre me sonríe pero no recuerdo haber oído su voz jamás. Las únicas que suelen romper el silencio del autobús son las tres chavalas que vienen de El Menar, pero sólo cuando vuelven del instituto. Ahora, en el trayecto de ida, van medio adormiladas, apoyadas las cabecitas contra la ventana. Les imito y noto el frescor del cristal en la cara. Al otro lado, las gotas deforman el paisaje y mi cabeza vuela de nuevo hacia el hipotético pasado de Collado Hermoso.

Pienso de nuevo en mis antepasados, y dibujo en mi cabeza la escena en la que algunos de ellos plantaron el manzano de tía Eugenia. Me gustaría imaginar que lo disfrutaron haciéndolo, aunque la verdad no creo que en aquella época las cosas se hicieran por ocio o pasatiempo. Los abuelos contaban que cuando ellos eran pequeños la gente no lo pasaba nada bien. Había hambre, y las enfermedades diezmaban la población de la aldea de cuando en cuando.

Sé que me he quedado dormido con el calor del autobús, pero no quiero despertarme. Me veo a mí mismo ayudando a dos personas en la plantación de algunos árboles, uno de ellos el manzano. Hay un niño a mi lado que me mira divertido, como si el encontrarme allí no le extrañase.

- Quédate con nosotros -me pide
- Claro -le digo sin pensar. Una extraña sensación pero a la vez familiar me rodea. Es como si conociese a esta gente de algo.
- ¿Cómo te llamas, chaval? -pregunto, tratando de averiguar más sobre el chico.
- Me llamo Fernando. Fernando Sanz. -dice orgulloso
- ¿Sanz?, yo también me llamo así, Andrés Sanz. - y mientras se lo digo, el chico asiente con naturalidad.
- Ya lo sabía, hombre - y ríe. -Mira, ¡estos son los que vamos a plantar! y me muestra unos plantones jóvenes, mientras me cuenta cómo su tío y él han bajaron las semillas desde un árbol muy viejo que crece en medio del bosque, allá arriba, en la montaña.

Siento que este niño sabe mucho más que yo, a pesar de que debo sacarle veinte años.

En mi ensoñación, veo como un hombre que ha permanecido quieto, observando la escena se acerca y apoya sus manazas sobre los hombros de Fernando.

- Ya está bien, Fernando. Deja de hablar solo y ayúdame que tenemos que terminar de plantar el manzano.

El niño me mira y me guiña el ojo, mientras señala a la mano donde sostengo los restos de mi manzana, la que cogí esta misma mañana. Ambos se alejan unos pasos y comienzan a cavar rítmicamente un hoyo para depositar un pequeño arbolillo. Conozco el paraje donde cavan. Es un huerto, el terreno donde hoy se levanta la casa de mis abuelos, aunque faltan muchos edificios de los que se levantan hoy. En su lugar, unas casitas de adobe, encaladas de un color que quiere ser blanco, forman un grupo compacto. Algo más allá, una casa de piedra, con una inscripción en el dintel de entrada. No la leo bien.

Despierto contemplando el corazón de la manzana que aún tengo en la mano. Supongo que después de este sueño estoy casi obligado a plantar sus semillas. ¿Seré capaz de hacerlas germinar? Bueno, no vivo de la tierra, como los antiguos, pero plantar un árbol no ha de ser tan difícil. Sí, lo haré. Lo haré por ese Fernando de mi sueño, y por el árbol de la montaña, donde parece que comenzó todo.