miércoles, 7 de marzo de 2012

el tejo


Noto algo raro. Mi sombra, en lugar de caminar a mi ritmo, decide adelantarme y colocarse delante. Sabe que me he perdido y pretende encontrar el camino de regreso por sí misma. No conozco esta parte del bosque, y bordeo gruesos abetos a la vez que tarareo para tranquilizarme. El pánico o el frío me hacen tiritar y resoplar cada vez más fuerte mientras cada vez hay menos luz en el bosque y las guirnaldas del atardecer desaparecen una a una de las copas de los árboles. De repente un claro, con un viejo árbol en el centro, aparece entre la maraña de robles. También hay ocho piedras cúbicas y blancas que se desordenan en derredor, y reflejan la luz de una luna que aparece radiante por el Norte. 

Desde mi posición veo aparecer una mujer. Aún no es vieja y debio ser bella un día. Lleva en las manos un cubo de madera y varios cuencos vacíos. Se detiene junto a cada una de las piedras y reparte uno de los recipientes para cada roca. Después deja el cubo al pie del árbol, un tejo, seguramente el más grande que haya visto nunca, un árbol antiguo, surcado de nudos y grietas tan antiguos como la misma sierra. Miro mi hacha como reflejo del oficio de leñador que siempre he desempeñado y calculo cuánto me darían en el pueblo si convierto ese anciano en tablones.

Sólo pasa el tiempo. Nada más. La luz de la luna se atenúa por efecto de una insidiosa niebla que me paraliza aún más, ahora por el frío. Así, acurrucado y tembloroso vuelvo la mirada al claro y todo esta igual que hace un instante, salvo que sobre las losas descansan ahora siete figuras, ¿de dónde han salido? En este momento sé que debería irme, y vosotros también (lo sabéis), pero no puedo. Hasta el viento se ha quedado inmóvil escuchando la letanía que parte, no de las gargantas de los que se sientan en el claro, sino del corro de árboles que lo circundan. Poco a poco la música se va metiendo en mi cabeza, poco a poco, la música ... un son lento, con sabor a tierra y antigüedad ...

Las ramas de decenas de árboles me empujan a ocupar el octavo sillar y descubro que mis compañeros están cubiertos de musgo y barro mojado. Sus pies, enterrados en el suelo, no son sino fuertes raíces que reptando se unen con los míos, pero reacciono y consigo liberarme golpeando con mi hacha. Algo parecido a la sangre mancha de verde intenso mis pantalones de faena ...

Los viejos dicen que la niebla se lleva cosas. Inadvertidamente, como llega se va, silenciosa. Y siempre se lleva algo. También se va la cabeza de los que oyen la letanía del bosque. No recuerdo haber retornado a la aldea pero aquí estoy y ya llevo días sin poder articular una palabra. De mi mente sólo parten acordes y nadie parece entenderme cuando hablo. Oigo a mis hijos hablar a través de las paredes y fantasean con espectros, con el ataque de un lobo, con maldiciones. Dicen que mi pelo es ahora gris verdoso, como el musgo que cuelga de los árboles viejos, y el señor médico no parece entender que el muñón que hay donde se encontraba mi pie termine en un extraño material como de madera ...