miércoles, 21 de enero de 2009

la segunda visita

Llegué 10 minutos antes de que se apagaran los colores del cielo y se hiciera oficialmente de noche. Lo quedé mirando en la pseudopenumbra veraniega, se agarraba el dedo porque le duele toda la dejadez convertida en pus serio. Ya no quería decirle de nuevo que tome las pastillas.

- No he venido hasta acá a hacer de enfermera tarada que repite lo mismo un millón de veces.

Hay algo en la manera en que le digo ciertas cosas que le sacan una sonrisa que lo hacen moverse de lado a lado un rato y luego avanzar automáticamente hacia mí. Esta vez me levantó con los brazos, me cargó y mi cabeza estaba por encima de la suya. Cerré los ojos para besarlo y pensé que estábamos muy cerca del borde de la terraza y de pronto ese quinto piso en el que todo esto sucedía me pareció altísimo y la posibilidad de caer de narices yo, de espaldas él, al primer piso, tomó matices de realidad insólita repentina. Abrí los ojos, lo vi besarme y vi que estábamos a dos metros del borde de la terraza, que había bastante suelo de quinto piso bajo mis pies y que en verdad no me había cargado tan alto. Cerré los ojos pensando que era una tarada por imaginar situaciones riesgosas de la nada y me dediqué a darle besos por un rato. Algo me detuvo de nuevo.

Me bajó preguntándome si estaba todo bien. Yo le dije que sí, pero que bueno, acababa de llegar, me reí un rato y le sugerí sacar a pasear a los perros.

Es la segunda visita que le hago y fue mejor que la primera. Nos reímos, jugamos con los perros, me hizo un par de demostraciones de buen entrenamiento canino, compramos un par de cervezas antes de subir y me abrió la puerta para dejarme pasar. No sé bien qué esperaba de la noche, más allá de sacarnos de encima todas las ganas que nos hemos empezado a tener, no tenía mayores expectativas, ni me había hecho ni media idea. Y entonces bueno uno conversa, y se ríe, y cuenta cosas, y comenta la tele, pero no calcula que en medio de todo eso va sentir algo, no tan pronto.  Y entonces algo pasó en un momento en que empezaba a sentirme muy cómoda, y fue como un espasmo mental que se volvió corporal y me hizo sentarme y apoyarme contra la pared lateral. Me inventé una distancia, tomé agua, mastiqué algo.

- ¿Estás bien? ¿Está todo bien?

Creo que ha sido la noche que más me veces me han preguntado si estoy bien. De hecho estaba bien así que dije alguna tontería y nos reímos, me miró bonito, estiró su mano y me eché de nuevo. Eso pasó unas cuantas veces. Cada vez que me volvía a echar me sentía un poco más sinceramente bien que antes.

Aún así cuando me acompañó a mi auto ya con toda la nochemadrugada y las estrellas encima, noté que se aguantó de repetirme la pregunta. Yo no quería hablar nada, explicar cosas que no entiendo. Algo le dije en medio de la sensación de despedida, alguna tontera intrascendente salida del pequeño nerviosismo de una noche que termina sin planes para la siguiente. Nos dimos un beso, me metí al auto, prendí la radio, para cuando levanté la mirada él ya no estaba ahí y sentí un poco de alivio. Manejé disfrutando las calles espaciosas, las luces de la noche, acelerando por las avenidas de esta ciudad caliente y neblinuda.