miércoles, 23 de enero de 2013

Pasotas

hace unos días Paco Arnau escribía en Twitter lo siguiente: "Dicen que 7 de cada 10 españoles creen que estamos al borde de un estallido social... que 9 de cada 10 no secundarían."

Familia española típica un domingo por la mañana
Totalmente de acuerdo: no creo que estemos al borde de estallido alguno. La gente está harta, o dice que lo está. Se oyen protestas, quejas por la bajada de status, por la pérdida de poder adquisitivo, por el latrocinio que inunda el ambiente general. Stop, basta de retórica de bar. No debe ser tanto el hartazgo si la gente sigue votando a "su" partido (véanse las elecciones generales de hace un año o las más recientes autonómicas) y ni siquiera sale a berrear en la calle (en Madrid, 7 millones de hab. en 30km, no hay una manifestación con más de 200.000 personas).

Y lo peor, al menos para mí, es constatar día a día que la gente en verdad "pasa". No sé, quizá les aburramos con nuestras peroratas políticas, o quizá hayan caído en el conformismo o quizá, desilusionados, crean que las cosas no pueden cambiar. Ojalá estén en lo cierto, ojalá su indiferencia sólo traiga un poco menos de dinero o un poco menos de libertad o un poco menos de  cobertura social.

A la vez, admiro a los que, de derechas o izquierdas o de una ONG o religiosos o laicos o lo que sean, son capaces de argumentar una posición y actuar en consecuencia. Cada uno saca una conclusión distinta, pero lo más valioso es que han utilizado su cerebro para obtenerla.

No sé. Confío en que llegue algún prohombre, alguien respetado, que nos saque a todos de la abulia política. Un Gramsci que hable por todos, (no sólo por los suyos) y no se vea obligado a escribir un artículo similar al que publicó en 1917, con veintiséis años:


   "Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

   La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

   Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

   Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el  pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes."