martes, 18 de septiembre de 2012

Enverde


   "El viento pasó la noche entrando y saliendo de las casas, como un gendarme alado en busca de los rebeldes que desoían las órdenes de la Guardia Civil. Ya sólo éramos tres; el Perico el más exaltado de nosotros, que pasó la noche mascullando planes de defensa y maldiciones contra políticos, militares y muchos otros a quiénes culpaba de nuestra desgracia. Ramón y yo ya sabíamos a estas alturas que unas horas más tarde todo habría acabado, pero jamás abandonaríamos a tía Engracia a su suerte. Perico y tía Engracia, los más testarudos de los habitantes de Enverde, vaya dos ejemplares, el uno con apenas 17 años y la otra con más de 80, pero tan parecidos en su furia.

Casi amanecía cuando el aullido del viento fue apagándose ante el chirrido insoportable de las excavadoras. Sus orugas ya habían comenzado a aplastar la tapia del cementerio viejo cuando cantó el único gallo que quedaba en el pueblo.
-Rediós! A por ellos! , saltó Perico como un resorte seguido de la tía. Antes de llegar a la primera máquina ya se le habían echado encima dos guardias, pero fueron necesarios varios más para inmovilizarle. Callarle no pudieron. La tía cayó al suelo de rodillas, abrazada a la cruz de la tumba de tío Tomás, y también se la llevaron, desmayada.

Ramón me dijo, -vamos, nada hay que hacer aquí , y yo salí arrastrando  los pies, con tiempo para un último examen al interior de la que fue casa de nuestra familia en los últimos doscientos años. Miré hacia la chimenea, apagada en negros rescoldos, fríos, como el resto, oscuros como mis pensamientos. La cunita de Ana, el azulejo que tapaba mi escondrijo para los dulces, el arcón de la matanza, tan pesado que padre no pudo sacarlo ni con ayuda de varios vecinos, quién sabe si estaba allí desde que se construyó la casa.

Un hombre me agarró del brazo y me guió hacia el camino del monte. Nada dijo y, aunque con aspecto de ciudad, pude ver respeto y lástima en sus ojos. "Sr. Torrens, Ingeniero", leí en letras bordadas en su camisa. Me dejé llevar y al cabo de unos metros vi que el hombre regresó con las máquinas.
La Guardia Civil puso alambradas y me quedé sentado junto a uno de los postes. No vi a Ramón, ni a Perico ni a tía Engracia. Más arriba, en el monte, muchos de nuestros vecinos esperaban con los carros dispuestos llenos de las magras pertenencias que habían podido empacar. No me moví.

Han pasado tres días y el pueblo entero ha sido arrasado. Todos los tejados aparecen caídos y hasta la iglesia parece desnuda. Le han quitado las puertas y desmontado las campanas. La cigüeña sigue ahí y quizá en unas semanas abandone al ver en qué se ha convertido su hogar, mas parece la última resistente.

El agua comenzó a llegar ayer, silenciosa y ténebre. Vino lentamente,  haciendo flotar ramas y viejos aperos abandonados en los sembrados. Cuando cubrió nuestro árbol, aquel tronco hueco donde nos escondimos tantas tardes, ya había más agua en mis ojos que en el maldito embalse, pero ahora, cuando el único edificio sobre las aguas es el campanario, no me queda nada que llorar. Todo está muerto ya".