jueves, 13 de octubre de 2011

Trilogía otoñal, II. Manzanas

Hace ya unos días que primo Miguel vino a verme. Está preocupado por mí y se lo agradezco, así como a todos los que me cruzo a diario y me dedican miradas de lástima. Miguel, además, ve sufrir a su zagal pero no creo que tenga razón en que mi pena pueda ayudar a levantar la suya. Cómo va a ser eso posible, si acaso, la acrecentaría. ¡A mí no me queda más que esperar a que la muerte me lleve con mi familia!

La claridad se cuela entre las grietas de la pared y aunque apenas ilumina tenuemente el sobrado, Jacinto es perfectamente capaz de buscar las herramientas y las sogas. Cuando baja, ya se oye cantar al gallo, y a los otros animales removiéndose en el establo. Jacinto sólo tarda unos minutos en uncir las vacas al yugo y enganchar el carro. Hoy ha de recoger la leña cortada la semana pasada y es necesario salir pronto si quiere regresar antes de la anochecida. La finca donde tiene almacenada la madera está cerca del Cubillo y eso ya son casi dos horas de camino. Y otras tantas de vuelta.

Mientras queda atrás el pueblo, Jacinto se descuelga el morral y lo deja en el carro. Antaño el morral solía contener pan caliente, horneado durante la noche por Elvira. Pero hace mucho tiempo de eso. Recuerda las lágrimas que derramó cuando Elvira murió en el parto del pequeño ¡Qué suerte tuvo! vivir un año más sólo le hubiera deparado el sufrimiento de perder a sus hijos uno a uno. Elvira ... ese sol que apenas levanta en el horizonte me trae el color de tu pelo cada mañana. Quizá sea esto lo único que me mantiene vivo, a mi pesar.

El día pasa aprisa, inmerso en el trabajo duro. Normalmente estas tareas se hacen en compañía pero yo no soy un buen compañero ya para nadie. Me he vuelto huraño, incluso agresivo y probablemente la gente murmura que me estoy volviendo loco. En estos pensamientos voy cuando a la entrada del pueblo me vuelvo a encontrar a Fernando. Este chico es incansable. No sé si Miguel tiene algo que ver con esto, pero desde el día que vino a verme no he dejado de toparme con su hijo a cada paso. Nunca me ha dicho nada pero veo en su cara que hoy algo va a ser distinto. Ojalá me equivoque y pueda pasar de largo como cada día.

   - Eres el papá de Nicolás, -dice el crío
   Le miro y estoy tentado de continuar sin mirarle siquiera pero la voz de Miguel viene a mi cabeza. Se lo debo.
   - Si soy yo -digo sorprendiéndome del volumen de mi voz. Casi no la recordaba. - Y tú eres el hijo de mi primo Miguel.
   - Entonces también eres mi primo, ¿no? -responde Fernando.
   - Sí señor. Lo soy.

Fernando es clavado a su padre, y a mi tío. Casi todos los hombres de mi familia tienen unas grandes cejas, y ojos negros. Este niño pronto será un hombre y se parecerá mucho a nosotros.
   - Ven. Sube al carro. Te llevaré a casa. -le propongo
   - Vale.

Ambos permanecemos en silencio mientras la yunta nos bambolea por las calles embarradas del pueblo. Cuando llegamos frente a su casa, el chaval baja de un salto y me grita. -¡Adiós Jacinto!
Ya doblo la esquina cuando Miguel y su esposa salen corriendo de casa, sorprendidos por haber sido testigos de la interrupción del prolongado silencio de su hijo.

Quizá deba intentar ser menos hosco y participar en la vida del pueblo. No tiene por qué hacerme mal.

El domingo, al entrar en la Iglesia, las mujeres se vuelven a mirarme y luego murmuran entre sí. Los hombres me abren un hueco entre ellos y noto varias palmadas en la espalda. Nadie habla, supongo que por respeto o temor. Sólo mi primo me agarra del brazo y me lleva junto a él, pero incluso él permanece en silencio.

A la salida del oficio los niños juegan en el patio de la iglesia. Antes de que pueda mirar hacia la derecha,  donde está el cementerio, veo cómo Fernando corre hacia nosotros desde la dirección opuesta. Trae dos manzanas y nos da una a cada uno.
   - Gracias hijo -le dice Miguel
   - Gracias -repito yo,  -ya es época de manzanas. Lo había olvidado.
   - ¿Cómo sabes que es la época? -me pregunta curioso Fernando
  Me hace gracia el crío, y le contesto: -Cerca de aquí también hay manzanos, chaval. Un poco más al Norte, y muchos de este pueblo hemos trabajado recolectando. Y te diré algo. Incluso aquí, en la montaña, hay un manzano, aunque casi nunca florece, por culpa del frío.
   - ¿Me llevas a verlo? ¡por favor, llévame Jacinto!

La imagen del manzano de las montañas me viene a la cabeza. Nadie sabe quién lo plantó allí. Probablemente no haya ninguno en muchos kilómetros a la redonda y es casi milagroso que haya resistido las heladas de cada invierno. Antes me encantaba ir allí con mis hijos mayores. ¿Por qué no llevar al chico?

   - ¿Me llevas entonces?
   - Sí, te llevo. Vamos para allá. ¿No hay problema, no Miguel?

Mi primo niega con la cabeza. Supongo que considera un milagro que en apenas unos días su hijo y yo hayamos recuperado algo de la calma perdida.

Subimos a la montaña en silencio, primero por el camino de la cañada, cruzando la cacera y luego hacia el Arroyo. Es domingo y no hay nadie trabajando en los campos. Al cruzar el pequeño río, comienzan a verse las torres del convento, y Fernando se pone tras de mí. Quedan pocos monjes allí, y muy ancianos, pero entre los niños se cuentan historias y probablemente por eso Fernando les teme.

Bordeamos la tapia del convento oyendo sólo el sonido de nuestros pasos mientras pisan las hojas recientemente caídas, y después de media hora llegamos a la altura del pinar viejo. Al desviarnos del camino el chaval se agarra a mí. Le cojo la mano con fuerza, y avanzamos juntos a través de los helechos. No se oye nada en el claro. En el centro, rodeado por los asientos de piedra, Fernando descubre el árbol. Tendrá más de cien años, quizá doscientos, y casi no tiene hojas ya. Las bajas temperaturas han retorcido su tronco y sus ramas aparecen deslabazadas, sin orden. Muy diferente a los perales del pueblo.

No obstante, algo distinto sucede hoy en el claro. El manzano que casi nunca florece, aparece luminoso, lleno de pequeños frutos, no más grandes que una ciruela. También hay muchas manzanitas caídas entre las hojas del suelo. Nos sentamos en las piedras y cogemos un par de frutas.

   - ¡Tenías razón! también aquí hay manzanas. Aunque están algo ácidas -protesta, mientras juega a saltar de piedra a piedra.

Muerdo una de las manzanas. Está muy ácida, sí, no debe haber recibido mucho sol. Quizá si el manzano estuviera en el pueblo ...
   - ¡Fernando! hemos de irnos. Pero lleva unas manzanas y le diremos a tu padre que las plante, a ver si nace algún árbol en el pueblo.
   - ¡Vale! -el chaval sonríe y yo creo que también al verle. Los dos tenemos ahora una tarea común, aunque sólo sea la de hacer crecer un manzano.

Cuando bajamos el sol se refleja ya contra el rosetón del convento. Casi nadie ha estado allí, pero dicen que desde lo alto de la torre, en los días claros, se ve Segovia. Y también he oído que el reflejo del atardecer en el rosetón se ve desde aún más allá. Leyendas de monjes, seguramente.


lunes, 10 de octubre de 2011

Trilogía OtoñaI I. El viento


Silba el viento aquí fuera. Su temperatura es aún soportable pero también trae un martirio continuo para unos oídos que ahora recuerdan cómo comienzan aquí los inviernos. Todavía en agosto, los días se hacen cortos y con la noche viene el fresco; cuántas veces nos hemos arrimado a la lumbre comunal notando como el otoño pasa suavemente por nuestra espalda camino de otra región. En Castilla, nueve meses de invierno y tres de infierno dicen, nunca oí nada de otoños ni primaveras.

A lo lejos diviso a Jacinto. Desde hace meses se le ve solo, siempre a lo lejos, evitando el contacto con cualquier otro habitante del pueblo. Sale de su casa al alba y regresa de anochecida, evitando la calle principal, con la cabeza gacha y arrastrando los pies tras la yunta. Sus casi 28 años parecen haberse triplicado y en el oscilar de su cuerpo se adivina la cadencia triste con la que caminan los ancianos. Nada queda ya de aquel que tocaba el tamboril en la fiestas del pasado octubre y como ese invierno que llega, el paso de Jacinto enfría el ánimo de los que le ven pasar camino de su casa.

Este año Dios no ha mirado a nuestra comarca, al menos no lo hizo hasta que le tocó mostrar el camino al otro mundo a muchos de los nuestros. Primero, el regreso de los milicianos, muchos menos de los que se fueron hace casi tres años. Luego, la muerte del primer contagiado, seguida de otras muchas. Un pueblo tras otro, lleno de enfermos y en algunos casos, como en el nuestro, lleno de muertos. En casa de Jacinto sólo queda él. Su padre, sus dos hijos, se fueron en silencio, sin quejarse. En la más terrible de aquéllas noches se le oyó gritar como sólo alguien que se convierte en espectro viviente puede hacerlo. Estaba sólo, en medio de la calle, con su hija inerte en sus brazos.

Desde entonces nadie había oído su voz. Dos estaciones en silencio hasta que hace tan sólo una semana se decidió a hablar. Pasó a mi lado y sólo dijo -“Miguel, no puedo olvidar, no puedo dormir, no puedo …” y volvió a caer en su mutismo. He intentado hablar con él, animarle. Es mi deber como amigo y pariente, pero no hay manera. El Jacinto que conocí ya no habita en ese cuerpo.

Han pasado los días desde aquellas parcas palabras y no puedo pensar en otra cosa. Creo que la desesperación de mi primo está afectándome tanto o más que al resto del pueblo y necesito ir a hablar con él. Ahora.

La familia de Jacinto siempre ha vivido en una casa grande, de las pocas construidas en piedra que hay en Collado. El “castillo” la llaman. Dicen los viejos que un antepasado de Jacinto fue rico, y que dejó a su muerte mucho ganado y hacienda. Por desgracia, de aquello sólo queda la casa, y una inscripción en su arco de entrada donde se lee mal que bien la fecha en la que fue construida  en 17*7 y parte de una frase “ut plac*** deo hominibus”. A Jacinto ya no le enorgullece que su casa sea la envidia del pueblo, no ahora que la habita una mortaja de soledad …

-       ¡! Jacinto ¡!
-       ¿andas por ahí, primo?

La casa parece cerrada así que la rodeo hacia la parte de atrás. Del pequeño establo llega un sonido rítmico y allí me asomo.
-       Hola primo, ¿qué estás haciendo? 
-       A tomasín le gustaban mucho –dijo en un hilo de voz- y aunque ya no esté aquí, es lo único que puedo hacer por él ahora.
-        
En sus manos tiene una pequeña navaja y está tallando un animal de madera. Es sorprendente la delicadeza con la que esas manos rudas sostienen al pequeño animal casi terminado. A sus pies, hay más figuras: un caballo, una vaca, una cabeza de conejo. En mi casa hay varias muy parecidas, todas ellas fabricadas por Jacinto para mi hijo Fernando. Él también está triste por la pérdida de sus amigos y nuestros intentos por animarle no han resultado muy fructíferos. Se me ocurre entonces que …
-       Quiero que me ayudes con algo, Jacinto.
-       ¿Ayudarte? ¿yo? –dice sorprendido
-       Sí, quizá te preguntes cómo el tío más deprimido del pueblo puede ayudar al más optimista pero sí, te necesito –le digo con voz seria.
-       ¿qué pasa, has venido a reírte de mí, Miguel? Si es así prefiero que me evites como el resto del pueblo. –responde desafiante.

Me quedo callado un momento y agarrándole suavemente del hombro le digo:
-       no es nada de eso Jacinto. Te necesito para que ayudes a mi hijo. Quizá pienses que no eres la persona más indicada, pero yo estoy seguro de que sólo tú eres capaz de sentir lo que Fernando siente, y te pido que me ayudes a levantarle el ánimo. No eres el único al que la muerte de tu hijo ha sumido en la tristeza.
-       Estás loco –dice Jacinto. ¿Qué quieres? ¿qué le destroce aún más? Sólo soy un cadáver viviente que sólo puede traer desgracia. No cuentes conmigo.
-       Pero … -trato de argumentar
-       No hay peros, primo. Ve en paz y déjame con lo mío. Los muertos no se deben juntar con los vivos.

Jacinto se aleja dejándome sólo en el cobertizo. Mala idea tuve, pienso. Quizá nadie me pueda ayudar con Fernando y desde luego, a mi primo no le queda otra posesión que su amargura. 



viernes, 7 de octubre de 2011

una entrada sobre el mundo espiritual

Ayer tuve una interesante conversación con tres personas, todos creyentes y dos de ellos además miembros de la iglesia católica. La conversación, inicialmente pacífica, fue derivando en una lucha de posiciones, a lo largo de la cual entramos en temas en los que sospecho que ninguno éramos eruditos.

Pasa a veces que tratando de argumentar y explicar nuestra idea nos metemos en jardines desconocidos, y dado que la teología es una materia tremendamente vasta y difícil de abarcar, frecuentemente el interpelado echa mano de certezas históricas (Sábana Santa), conceptos morales (matrimonio, procreación ....), e incluso físicos ("alguien ha debido crear la materia ...") ... y menos mal que ya nadie se atreve con discusiones tipo si Dios es uno o trino.

Como no había manera de aclararnos, les propuse olvidarse de debates teológicos y hablar sobre Jesús. Desde fuera de la Iglesia, el Nuevo Testamento parece fácil de aprehender, pero tanto dogma y norma añadida a posteriori convierten al Catolicismo en una religión muy compleja. El cristiano no católico dijo que eso explica que surjan millones de nuevos cristianos que ven en el mensaje de Jesús como un referente, pero que sienten a Roma como un viejo gruñón y mandón, que no nos deja vivir "una religión a la carta".

- "Entonces ¿se puede ser religioso y plantearse conflictos morales o sociales?", pregunté. Los dos católicos dijeron que no, defendiendo el "prietas las filas" y argumentando que los pastores de la Iglesia son personas iluminadas por Dios y los creyentes no tienen más que seguir el consejo de éstos. El tercer cristiano discrepaba enormemente:
   - "¿Qué clase de libertad es esa?"
   - "no cuestiono tu libertad, pero pensar que puedes llegar a Dios sin el consejo de las personas que dedican su vida a la oración es pecar de soberbia".

La conversación dio lugar incluso a sutilezas geográficas: ante la crítica a la pompa de los obispos occidentales, uno de los conversadores dijo: "es que el mensaje de un obispo aquí no puede ser el mismo que el de un obispo en África", me pareció un comentario interesante sobre el que todavía estoy pensando pues da lugar a múltiples lecturas.

En fin, que pasada una hora y media nos emplazamos a otro debate futuro, para el que supongo cada uno traerá una batería de datos, argumentos, estadísticas ... . Seguiremos informando.


miércoles, 5 de octubre de 2011

Octubre


ya estamos en el mes donde muere el estío, tiempo para que la noche comience a ganar la partida al día, fines de semana buscando setas con los amigos, el mes de la última fiesta de pueblo ... mañana vuelvo a Collado, a disfrutar otro Octubre como realmente me gusta hacerlo. 

También es un mes de aniversarios alegres y también tristes, muy tristes. En fin, ya estoy en España de nuevo, cerca de todo lo que quiero y de los que quiero.

Sólo echo de menos la lluvia ... vete ya, verano.


lunes, 3 de octubre de 2011

El espectáculo autonómico: enésimo capítulo


la caricatura del Dioni que componen los directivos de la CAM o antes de Caja Castilla-La Mancha no es muy diferente a la de Nova Caixa Galicia. Todos tienen algo en común: en la última sesión de cada Consejo los directivos de turno no se dedicaron a lamentar la situación, ni a tirarse por la ventana por una suerte de frustración como la del Crack del 29, ni siquiera a redactar una nota de arrepentimiento. NO. La última sesión se dedicó a la merienda de negros de las indemnizaciones.

¿Cómo pueden cobrar una indemnización de 20.000.000 euros unos tíos que trabajan para una empresa que deja 2.500.000.000 euros en deudas?

Ante las cifras, el Presidente de Galicia, el tal Feijoó (antes señor Feijoó), habla de las "culpas" del Banco de España, de su confianza en que inversores privados (que no nombra) rescaten pronto al banco de su nacionalización e incluso que el Estado gane dinero con ello (la monda, oiga). Sin embargo, de las peleas que hubo durante los dos últimos años por mandar en el banco, de las indemnizaciones extravagantes, de los beneficiados por unos préstamos que sabían no iban a devolver ... de eso no habla.

Hay que ser grande para olvidarse de fidelidades provincianas y denunciar a los chorizos, aunque vivan cerca de casa e incluso tengamos amigos comunes con ellos. En fin, cada vez que uno cree ver un político con un poco de valor ..., ve un espejismo. Lo triste es que por su culpa todavía algún gallego se tomará la intervención del al Nova Caixa como una agresión a su región.