jueves, 6 de agosto de 2009

zapatos para el frío

Sentado en la nieve Felipe estiró su brazo y tomó la zapatilla rosada. La miró de frente, le dio vuelta, metió el dedo índice. Lo llevó hasta la punta y empujó. Añadió el anular y empujó con más fuerza. Sacó los dedos, metió el pie derecho, que cada vez se hinchaba más, cuando su dedo gordo tocó la punta el talón seguía afuera. Sintió frío. El sudor en la espalda lo enfriaba más todavía.

Miró hacia arriba, no podría haber terminado de contar las estrellas. Ya se había apagado el fuego que salía del auto volteado que estaba quieto unos metros atrás. Empezó a tiritar. Intentó pararse pero el dolor era muy fuerte. Miró hacia la izquierda, el cuerpo frío de Luisa, descalzo, esparcido sobre la nieve parecía invitarlo a acompañarla.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Cualquier tiempo pasado ... ¿fue mejor?

Es una frase que se repite en distintos foros. Que si antes se vivía mejor, que si la gente era más educada, la comida más sana, los hombres más nobles y las mujeres más virtuosas, que si las pelis eran de mayor calidad y los trajes de mejor factura, y etcétera, etcétera ...

Pero si nos ponemos a hablar de brutalismo humano, me decanto porque este mundo globalizado nos ha hecho más evolucionados. Un ejemplo:

Durante nuestra reciente estancia en Inglaterra, y en un intervalo de una sola semana fallecieron los dos últimos soldados ingleses que habían luchado en la I Guerra Mundial, "la Gran Guerra" como ellos la llaman. Los telediarios abrieron con la noticia y la monarquía y el parlamento les rindieron honores de Estado. Los diarios escribieron sobre las vivencias de estos dos abuelitos y ello me permitió conocer un episodio histórico del que nunca había oído hablar, la Batalla de Passchendaele.

En esta batalla, librada en Bélgica desde junio a noviembre de 1917 se lanzaron 4,5 millones de proyectiles desde más de 3.000 piezas de artillería. Tal cantidad de impactos sobre los sembrados y las acequias, unido a abundantes lluvias convirtieron el suelo en un barro tan líquido que los caballos se ahogaban y los cadáveres de miles de soldados jamás fueron encontrados.


El resultado: los aliados tomaron Passchendaele, un avance de cinco millas en seis meses.
El precio: perdieron la vida aproximadamente 500.000 hombres según la BBC.

Como referencia, el choque más cruento de la Guerra Civil Española fue la Batalla del Ebro, entre julio y noviembre de 1938 y murieron 16.500 soldados.

Sí, es cierto que nos seguimos matando en distintos sitios del mundo. Pero hay grandes áreas del globo donde mandar a regimientos enteros a morir como "carne de cañón" ya no es políticamente correcto. Permitidme ser optimista y decir que en esto de masacrarnos, cualquier tiempo pasado fue peor.

martes, 4 de agosto de 2009

Sobre el libro de Byron Espinoza: Preguntar el aire

Ricardo Marín
http://malpalabra.blogspot.com/




Nadie sabe dónde está la poesía y nadie enseña a escribir poemas. Alguna vez dijo Bukowski que la única obligación de un escritor es escribir. Así las cosas, leí Preguntar el aire como quién se pone una ropa de dominguear prestada. Me gustó y me disgustó, porque si de algo debe de servir un poema, o en el acto más milagroso, la poesía, es para criticar, reprochar, comunicar, o, en el más prodigioso de los casos, tener la sensación de que te pegan un disparo en la sien o que se te revienta una arteria con tan solo la vibración contenida en uno o dos versos. O en palabras del autor:

Las sirenas y los delfines del universo entero,
confabulan para convertirse
en este poema.

Se discute, en nuestro minúsculo país, de poesía romántica, moderna, posmoderna, vanguardista, socialista, amorosa, rosa, trascendente, marxista, underground, light, new age, beat, urbana, turrialbeña, ramonense, josefina, suburbana, etc., que ya uno no sabe si son tendencias, movimientos o sectas satánicas que bailan alrededor de una guija poética. Esto al menos le da trabajo a los críticos, si es que hay trabajo, o si es que verdaderamente existe la critica en Costa Rica. En fin, son criterios que a lo mejor nada tienen que ver con la emoción que pueda transmitirle un poema, sea de la época que sea, al lector. No hay mejor agradecimiento para un autor, que cuando un lector desconocido, para bien o para mal, siente algo, cualquier cosa que se le quiebre por dentro y eso es precisamente el intento de Byron, llevar de la mano al lector al inicio del libro, luego, allí dentro, el lector, caminará solo y decidirá, si contesta o no, cada una de las hipótesis sumergidas en los poemas. Rescatable la labor de Espinoza de dejar una hendija de ventilación en cada poema, en ella el lector rastreará y elegirá la idea, o la respuesta que más le convenga de todo el submundo que habita en Preguntar el aire.
Las imágenes del poemario son antídotos o venenos que rehabilitan o destruyen la retina. El aire es simplemente una excusa, un recurso subordinado en la mano del poeta. El aire es simplemente el peatón elegido entre tantos en la carrera de Byron para que cruce esa autopista esquizofrénica de la edición.

Obsesionado sería el adjetivo para el libro. La primicia de sus preguntas, la orfandad de sus respuestas, son la confabulación necesaria para entender que los poemas saben más del poeta que el poeta mismo. Como si no nos bastara con la filosofía y toda su tropa de griegos que no pasan de moda y que hoy por hoy adornan nuestras libreras o, para los más acomodados bibliotecas; Byron nos trae un crucigrama feroz y hermético, un grito que duerme en la cuna existencial de todo ser humano. Pero no nos dejemos engañar con la abstracción, a veces abusiva, del poemario. ¿O es acaso que la vida misma no es un gran laberinto filosófico? ¿Una duda imprevisible que camina descalza hacia la muerte? El carnicero piensa, cuchillo en mano, cómo destazar la res, el copero razona para mantener el hielo a punto un día de verano, cómo le vamos a echar el cuento a la vecina que nos gusta, cómo evado este mes el cobro de la tarjeta, cómo mato ese zancudo que de noche no se calla, dejamos un amor gastado o nos seguimos gastando con ese amor, porqué se atrasa el tren cuando llueve, cómo pudo suceder ese accidente de tránsito, quién hace esos grafittis pornográficos en los baños de los bares, cómo cabe esa persona obesa en la vespa, habrán asientos disponibles en el bus, estarán cobrando peaje hoy, irá a llover en la tarde, cuántos asesinados serán los top model del noticiario de hoy, siempre una pregunta tras otra, siempre una cuestión opacando a la otra, vivimos en un mundo acelerado e interrogante, un mundo del tanto preguntas tanto vales. Por eso este libro, y, alejándome del afecto que tengo por su autor, carece de soluciones, de verdades absolutas, de tendencias o tiempo, y ese es un acto que se agradece. Porque el aire, contaminado o puro, será siempre aire, y un poeta, un ser que de vez en cuando, tiene la suerte de tener una noche como la de hoy, en que puede tomarse una copa de vino en paz, gratis y lanzar su trabajo, su huerfanito de 54 cabezas, con la convicción de que tendrán menos silencio y más luz.

Paul Celan creía que el poema era una botella arrojada al mar. Agradezcamos pues a Byron, que los poemas de Preguntar el aire ya no le pertenecen, naufragan según la dirección del viento cada uno a diferente ritmo, son animales que no se dejan domesticar y que con sus propios dientes aprenderán a defenderse solos.

Hormigas

Las hormigas en fila le hacían recordar a su padre.
- Pobre huevón - pensó.
Ya era de noche, tenía que llegar y decirle a todos que ya no tenía trabajo. Se levantó del suelo, se sacudió la tierra, el gras. Al irse pisó unas doce, tal vez quince hormigas.

lunes, 3 de agosto de 2009

Preguntar el aire La atrevida aventura poética de Byron Espinoza

Germán Hernández
http://signoroto.blogspot.com/

Tuve la oportunidad y la dicha de ser uno de los presentadores del libro de poemas Preguntar el aire, de Byron Espinoza, aquí lo que dijimos aquel día en la presentación de su trabajo... para un acercamiento más crítico sobre este poemario, recomiendo leer: (Donde Gustavo Solórzano degusta con mucha más propiedad un texto que recomiendo leer...)


http://asterion9.blogspot.com/2008/09/qu-significa-preguntar-el-aire-propsito.html



Considero que la presentación de un libro es casi siempre una pequeña celebración. Celebración para el poeta, y para los amigos, inclusive para los incognitos y recelosos que gustan frecuentar los sitios donde suelen celebrarse las presentaciones de los libros.


Y es que las celebraciones son pequeñas apologías y sonrisas, guiños y saludos, son la alteridad y el reverso del libro, es el pequeño instante en que el poeta tendrá toda la atención y su obra estará quizás por única vez en el centro y en la atención de todos.


Después de la celebración quedan vasos rotos, basura regada por el piso, y la profunda indiferencia que ocurre siempre con la producción poética nuestra. Una indiferencia en la crítica, en los medios de comunicación, en los libreros que deberían vender esos libros, y lo peor, la indiferencia del público.


Cuando se hace un tiraje de 300 ejemplares en este país, se puede estar seguro que el mercado se habrá rebalsado por los siguientes 20 años con esa edición, a no ser que el poeta regale todos los libros, y ocurre frecuentemente, la gente piensa que la poesía es gratis, que no es de nadie y sólo para el que la necesita, y tiene razón, pero el objeto libro es concreto y cuesta dinero y ese sí se debe comprar para disfrutar lo que lleva dentro.


Y a pesar de todos estos hechos, hay gente que se empeña no sólo en escribir poesía en este país, también se atreve a publicarla.


Pero esta noche, lo que ocurre tiene y debería tener otras resonancias…


Byron Espinoza publica por primera vez en el 2006 un breve poemario, Silenciosa de Luz, donde los poemas son brevísimos y lúdicos, es su obra prima y tiene derecho a que sea lo que él quiera, y lo es, y se divierte experimentando, con el verso, con la puntuación, con la imagen… es una primera obra muy elástica y versátil y por supuesto con los errores ingenuos que toda primera obra en un joven poeta tiene, pero lo que es más importante, es que esta primer obra de Byron, inaugura su aventura poética, lo instala como un poeta más y parte de la tradición poética de este país.


Y vuelve ahora Byron, dentro de esa tradición a romperla. Y es que ahora, dos años más tarde el poeta nos viene con su segundo poemario, y saltando por encima de la institucionalidad arterioesclerótica de las editoriales oficiales de este país (Para que no se me acuse de tirar la piedra y esconder la mano, diremos que la Editorial Costa Rica es un buen ejemplo de lo que estamos hablando), y decimos arteriosclerótica pues los libros envejecen por años en los concejos editoriales, y envejecen un poco más en las prensas de las imprentas y finalmente se pudren en las bodegas de las editoriales.


Y Byron se salta esa institucionalidad… y da otro salto por encima de las diversas alternativas editoriales independientes, sí, me refiero a Andrómeda, Perro Azul, Arboleda y otras, que ante la ineficacia de las editoriales oficiales y para romper el círculo hermético de las élites, han dado hoy día a conocer toda una generación de nuevos y nuevas poetas costarricenses que de otra manera quizás no hubieran visto la luz. Este segundo salto es atrevido e irreverente, porque Byron ha decidido que este segundo poemario iría por su cuenta.


En efecto, Preguntar el aire es una obra de artesano, donde todo el proceso productivo, desde escribir la obra hasta convertirla en libro ha sido tarea de Byron, y así nos encontramos ante un hecho nuevo, Byron es escritor y su editor a la vez, y consiente de los riesgos que esto conlleva, riesgos hermosos por cierto, como el acto solitario de escribir sin que nadie te lo haya pedido, el lanzar su anzuelo a la muchedumbre y por supuesto, sacrificarse económicamente sin la complicidad de nadie más. Recuerda perfectamente a Blake, quien hace trescientos años editaba sus propios libros, o también desde la ficción al gran novelista mexicano estadounidense Emmanuel Freeman, en sus Crónicas de las Cosas Perdidas, sobre un tiempo en que la tecnología reemplazaría finalmente al libro y los hombres y mujeres, aferrados a la nostalgia, los hacían manualmente como objetos de arte.


Porque amigos y amigas, Byron pudo haber tomado otros caminos más vernáculos y acostumbrados, por ejemplo: en vez de publicarse un libro, pudo haberse comprado un televisor de Plasma, o una bonita biblioteca para acomodar sus libros, o haberse pagado un club de viajes y pasar sus vacaciones en un resort de playa.


Pero Byron aceptó su propio desafío, con obstinación decidió que su aventura poética, a pesar del silencio y de la indiferencia, lo recorrería a su manera, y por esa razón el nos desafía ahora, para romper con la indiferencias y los gestos amables del público cuando aplaude, por aburrimiento o por buena educación.


Pero refirámonos ahora a Preguntar el aire. Este es un libro maldito, al margen: de los premios y los reconocimientos, del estudio erudito, es un libro prescindible que lo único que busca es cómplices.


Este poemario compuesto por 54 poemas viene en clave de interrogación como lo indica su título, cada poema irá planteando una desde la intuición y la imaginación del poeta, en esto, el lector tendrá la dura tarea de penetrar en el interior de Byron. El mensaje no es diáfano, y se perderá si piensa claves convencionales, no es un poemario sobre los elementos, con lo único que el lector podrá conformarse es con la transpiración atmosférica de las imágenes.


El poeta, igual que en su primer trabajo, busca el sentido de sí mismo a través de la poesía como único vehículo trascendente, por eso le pregunta a los elementos y a sí mismo, una y otra vez por su reflejo, por su carne y por su sangre… parece que existen difusamente referencias a otros, pero muy difusas, la muchedumbre, eructa, grita, escupe, pero no habla, solo habla el poeta cada vez que se interroga.


El efecto final de cada poema es la perplejidad, no es la búsqueda de respuestas, si no más bien el perfeccionamiento de las preguntas


El elemento más significativo está en la construcción de imágenes y juegos, la yuxtaposición de elementos, en medio de una guerra de aniquilamiento, dialéctica y brutal hasta que los átomos se disuelvan. El poeta aparece en cada poema, haciendo gestos, forzando la lectura, indicando pausas y énfasis, el poeta no quiere desprenderse de cada verso y se lanza junto a ellos, he aquí otra apuesta arriesgada, el lector puede responder airado, puede renegarse, en este sentido, el texto es otra vez simplemente un estadio donde poeta y lector combaten. Entre los aspectos negativos cabe señalar la rigidez formal y la subjetividad intimista.


Y al final está la sangre y la realidad de los dioses encarnados, la poesía como crisol para la inmolación y los espejos espejismos…


¿Qué es lo que grita la multitud? No lo sabemos todavía.


En todo caso, con esta segunda obra, Byron reafirma sus tópicos, insiste en la construcción de imágenes, recarga los poemas de yuxtaposiciones y paradojas, y no deja puertas abiertas ni ventanas mal cerradas, quien quiera penetrar en su poesía, tendrá que entrar como un ladrón, tendrá que habitar este espacio violentamente, de la misma manera en que él se ha atrevido irrumpir esta noche con Preguntar el Aire.


Y antes de que esta celebración termine, y alguien restaure el día con una escoba, sería bueno que nos dejemos llevar por el engañoso entusiasmo de esta noche, y que con saña, nos arrojemos sobre este libro, no me refiero a la gentileza sonriente de llevarse el libro en el regazo, ni a la generosa cascada de sonrisas y palmas, me refiero a que la verdadera solidaridad, o mejor dicho, la única posibilidad de abrir un diálogo con Byron esta noche, será siendo su cómplice, compre el libro sin escrúpulos y tendrá asegurado un pequeño instante de culpa y sereno atrevimiento.