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domingo, 1 de abril de 2012

la agonía de la "ayuda al desarrollo"

está claro que nadie puede estar de acuerdo 100% con el partido al que vota, salvo quizá aquél que redacta el programa electoral. Y aun siquiera éste, pues es improbable que sea tan ingenuo como para desconocer que los programas nunca se cumplen. Dicho esto, los electores se agrupan en torno a las siglas que son más afines a su pensamiento político y social, o resignados, en torno a  aquéllas que menos les repugnan. A veces esta reducción a principios muy básicos es hasta beneficiosa, pues una gran mayoría es capaz de olvidarse de sus intereses particulares y votar conjuntamente para generar un gobierno fuerte.

Pero por desgracia, por el camino, unos y otros se ven obligados a renunciar a las partes "poco importantes" de su ideario, los lujos, las utopías, ...  que nunca serán una prioridad para el gobierno resultante. Una de estas perjudicadas es "la ayuda al desarrollo"

La mayoría de los españoles crecemos en la religión católica, entre colegios y familias simpatizantes de Caritas, Manos Unidas; admiramos a los misioneros como personas de valor infinito, dispuestas a dar sus vidas por los demás, y nos integramos en movimientos caritativos enfocados a compensar la situación de las clases desfavorecidas; movimientos religiosos y ONG´s o "maratones" televisivos de recaudación o de campañas de ayuda a catástrofes.

Personalmente me siento defraudado, año tras año, por la acción del gobierno de turno, del PP o del PSOE, los unos por abandonar la caridad a la salida de la eucaristía, y otros por dejar su solidaridad obrera embustera e internacional para sus cánticos y para las páginas de sus programas políticos.

¿0,7%? ¿objetivos del milenio? todo eso no es más que publicidad de usar y tirar para esta gente que, en cuanto hay que recortar, lo hace por la ración del débil.

viernes, 6 de enero de 2012

la rebeldía del cínico

son muchas las voces que hablan de la creciente falta de civismo de la gente. Se ve en el metro, en la oficina, en el grupo de amigos. Es palpable. Pero, ¿cuál es la razón?: la mayoría apunta al sistema educativo, a la falta de disciplina ... a los jóvenes. Pero, ¿y los que no son jóvenes? yo veo esa misma falta de civismo en personas de toda edad y condición. Se podría suponer que esa actitud viene del descuido, pero muchos de los que la ejercen manifiestan que es elegida, que les gusta ese estilo de vida. "Yo no soy maleducada, simplemente digo la verdad sin tapujos", me espetó una compañera hace tiempo.

Y es que, al menos en mi entorno, es creciente el número de personas que se muestran cínicos en la defensa de sus argumentos y olvidan las más elementales normas de respeto al prójimo. Asisto a diario a conversaciones serias o banales donde mandan las palabras gruesas y las actitudes propias de gánster.
Es más, a veces incluso se deja de lado el fin último del diálogo, plantear y convencer, y la discusión pasa de ser un medio a un objetivo en sí misma. Se diría que hay gente que está deseando saltarse los prolegómenos para llegar rápidamente al enfrentamiento.
Paralela a esta actitud se encuentra la de crítica y escarnio de los "bienquedas" o de aquéllos que buscan el consenso. Parece que estos discutidores profesionales identifican su argumentación ruda con pureza de sentimientos, vituperando el esfuerzo integrador de los que dialogan, que pasan a la casta de pusilánimes o tibios.

Pasa igual en el día a día. Está de moda ir mal vestido, desastrado como dicen en el pueblo. Todos los días hay gente en el tren con los pies sobre el asiento de enfrente. Gente de todas las edades. Quizá sea un fallo de RENFE y haya que poner reposapiés para las delicadas extremidades del hombre moderno. Cuando les llamas la atención, la mayoría baja los pies, para volver a subirlos cuando te das la vuelta. En fin, en eso ha quedado la rebeldía del cínico, en simple y llana mala educación. Parece que la conducta asocial les redime de sus frustraciones.

Quizá esta deriva tenga que ver con las tendencias más y más individualistas de la sociedad que me rodea, pero principalmente con el paso del tiempo. Muchos, con la edad y por desesperanza en ideales que creían ver realizados algún día se vuelven asociales. Otros por hartazgo de las rutinas que imponía la educación de sus mayores se rebelan contra ellas. Los más, por esnobismo puro y duro, pues el cinismo es una manera de destacar como cualquier otra.

incluso la tele nos proporciona héroes cínicos a los que admirar




domingo, 25 de diciembre de 2011

un mensaje de amor

parece que todas las tradiciones están de acuerdo con que, allá por el año 30 del calendario occidental un hombre con un carisma especial aglutinó la atención de miles de personas en tierras de Palestina. Aquel hombre, en un contexto histórico de invasión extranjera, no tuvo militancia política conocida y ni siquiera pareció muy interesado en ganar adeptos ni en dejar escrito testamento fundacional alguno.

Hoy, dos milenios más tarde, todavía hay gente que muere discutiendo si Jesús fue o no un Dios. O si el Dios que él trató de acercar al mundo era el verdadero o no. Por suerte, al margen de polémicas e interpretaciones, muchos de sus seguidores modernos siguen centrando su admiración en el corazón del argumento que subyace en su prédica: el amor.

Otros prefieren complicar el mensaje.

martes, 26 de julio de 2011

cuestión de aptitud

se suele oír que todo el mundo puede ser lo que quiera, pero creo que hay empleos para los que se necesitan aptitudes especiales. Bueno, quizá no. Quizá todo el mundo puede hacer de todo más o menos bien, pero lo que sí es seguro es que para destacar no vale todo el mundo.

Para ser juez, por ejemplo, hay que saberse un montón de leyes, leer mucho, mantenerse al día, pero ... ¿puede ser un buen juez alguien que no "sea justo", alguien a quien atenacen los prejuicios, alguien indeciso ...?. Igual con muchos otros oficios: ¿puede ser un buen carpintero una persona sin sensibilidad artística? quizá sea un artesano trabajador, metódico, pero ¿y si no tiene gusto?
Al fin y al cabo, el mercado será el encargado de poner en su sitio a los carpinteros malos, a los buenos y a los excelentes, pero no podremos recurrir al mercado contra los jueces malos a los que no retira de su puesto sino la jubilación.

Por tanto, quizá el acceso a algunos empleos de los que consideramos "no privatizables" por su vital importancia para la sociedad, debería incorporar requisitos específicos del puesto. Ser policía, juez, maestro, médico de cabecera, ... requiere formación técnica, pero también humana.

¿Y por qué reflexiono sobre esto?. Pues porque hace un par de días la persona con la sonrisa más franca que conozco me dijo que estaba en el límite entre ganar o no la plaza de maestro de primaria, y pensé que me encantaría que esta persona enseñara sus primeros pasos a los niños de mi entorno, aunque no sea sobresaliente en Lengua y Matemáticas.

jueves, 14 de abril de 2011

Atontados

en los últimos tiempos he leído un par de biografías sobre hombres notables, de épocas distintas. Una cosa común me ha llamado la atención en ambos casos y ante la coincidencia, he contrastado otros casos similares. Supongo que estaréis pensando en alguna cualidad extraordinaria, pero no, me refiero simple y llanamente, a que la mayoría de grandes estadistas de la Historia tuvieron a su cargo grandes responsabilidades desde su adolescencia.

¿Simple, obvio? no para los que olvidan que el ingenio del hombre está listo para lanzarse a los más osados proyectos desde edad muy temprana. ¿no veis a nuestra sociedad obsesionada con dedicar a nuestros jóvenes a prepararse y prepararse para eventuales retos que a veces nunca llegan? ¿no sería mejor darles responsabilidades a los dieciséis años para que se acostumbren a tomar decisiones, en lugar de atontarles con una vida regalada hasta los treinta?

Lamentablemente animar a trabajar a tus chavales no está de moda. La moda hace unos años era que tus hijos hicieran una carrera, ahora lo es pagarles estudios de idiomas en Inglaterra, China o donde quiera que al chaval se le antoje pasar un tiempo que podría estar dedicando a formarse como adulto. El resultado: adolescentes de veintitantos años, becarios multidiplomados que viven en casa cuando sus padres ya están jubilados, padres cuarentones que llevan tan sólo unos años ganándose la vida.

Los hombres que triunfaron en la Historia forjaron su futuro a temprana edad. Cualquier general famoso empezó su carrera lejos de su casa a los catorce años, cualquier comerciante mandaba a sus hijos a corresponsalías lejanas para que aprendieran sobre comercio real, e incluso los más famosos cardenales y papas ya estaban en el seminario antes de convertirse en adultos.

Siento que nuestras generaciones (incluida la mía) hemos sido sobreprotegidos, y esto va a peor.

martes, 22 de marzo de 2011

No hay nadie cómo tú


... ni como tú, ni como yo, nadie es igual a otro ni tiene por qué vivir la vida de otro. Es tan maravillosa la individualidad que no concibo como un ser humano puede no estar orgulloso de estar vivo. De pensar por sí mismo, de amar, de jugar, de opinar, de influir en su entorno, o de pasar por él de puntillas, a su elección.

Unos dirán que es una gracia de Dios, otros lo negarán y otros no sabrán qué pensar, pero todos, todos, debiéramos agradecer, aun a nosotros mismos, esa capacidad de elegir innata en nuestra especie ...

Nunca tan de acuerdo con la letra de una canción como con esta de Calle 13 (más Café Tacvba), y que da título al post, ""No hay nadie como tú""

miércoles, 16 de marzo de 2011

Héroes

durante estos días de horror me acuesto con la última noticia sobre Japón y me levanto con las malas nuevas. Nada mejora. Millones de ojos pendientes de la desgracia de los japoneses y de la pericia de cincuenta héroes, ingenieros de la central de Fukushima, que siguen allí, al pie del cañón. La sociedad japonesa, apenas recién llegada de la cultura feudal de siervos y señores, empapada de mitos y leyendas sobre héroes, ya tiene en estos 50 un nuevo ejemplo que seguir. Me inspiran respeto, sí señor, y orgullo.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Faltan valores

Llegamos a Navidad, tiempo de vista atrás, y lo que veo no me gusta.

Veo como la sociedad en la que vivo se depaupera año a año. No hablo sólo de mi aldea, de mi oficina, de la capital. Hablo también de los medios, de la educación de la gente, de mi empresa llena de sajones que piensan una cosa y dicen otra. Hablo de políticos que dirigen el destino de millones de euros y a los que yo no daría ni un puesto de soldado raso en mi empresa.

Faltan valores, sobre todo uno: generosidad. No somos solidarios sino cada día más individualistas. ¿Egoístas? quizá esté en nuestra naturaleza, pero antes era un defecto y ahora se aplaude al listillo, al "espabilao" que se pasa por el arco de triunfo las leyes y las buenas costumbres.

¿Hemos avanzado en algo? sí, seguro. Ahora la gente es más limpia, las calles más seguras, pero a la vez nadie está dispuesto a afear la conducta del guarro, ni a ayudar a quién está siendo vapuleado. Mirar para otro lado es políticamente correcto.

Hace unos meses, en un grupo de trabajo para mejorar el ambiente empresarial, se me ocurrió manifestar que deberíamos probar a ser un poco más generosos, apreciando el trabajo del de enfrente. Dando las gracias, que no cuesta nada, y también protestando, pero con educación y en el foro correspondiente. Diecisiete personas se quedaron calladas, escuchando mi perorata y los ejemplos con los que pretendía ilustrarla. Algunos asentían, otros me miraban como se contempla a un iluminado (condescendientes), y finalmente, el moderador, quien probablemente esperaba una adhesión sin fisuras al "maravilloso" ambiente existente, me interrumpió diciendo. "Sí, sí, pero no hemos venido a hablar de esto; estoooo, ¿hacemos una pausa para el café". Luego me llevó a un aparte y me preguntó si había tenido un mal día.

Nunca me habían dado la razón de esa manera.

Para acompañar, "Over my shoulder" con Mike and The Mechanics

martes, 27 de abril de 2010

Memoria histórica
recuerdo que cuando era un crío, hace unos 25 años, las señoras del pueblo todavía se ataviaban con un pañuelo en la cabeza. Unas lo llevaban y otras no, pero nadie se extrañaba ni de lo uno ni de lo otro.
Unas décadas antes, hace unos 50 años, el señor sacerdote podía afear la conducta de las muchachas basándose en cualquier precepto divino. Esas mismas muchachas podían ir a la escuela, pero sólo si su padre lo consideraba adecuado. Su padre también tenía autoridad para decidir si se casaban o no y con quién. Una vez casadas, la potestad para valorar si su comportamiento era el correcto o no pasaba a sus maridos, quienes eran dueños de todo lo suyo, e incluso validaban con su firma cualquier compromiso legal de sus esposas: un contrato de trabajo, una cuenta bancaria, una compra-venta ...
Hace un par de años comenté con un pakistaní todo esto. En ese momento su familia le estaba buscando esposa en Pakistán y al oír lo que le decía me dijo tan contento: "pues no somos tan distintos". Efectivamente, pensé, sólo nos separan 50 años de evolución cultural y libertad espiritual.
Estos días volví a esa reflexión a propósito de la conveniencia de permitir llevar pañuelo o no a la chavala musulmana de Pozuelo. La gente hace juicios de valor propios de otras épocas, mientras yo no veo el debate por parte alguna salvo por el interés de llenar tertulias o vender diarios. Hoy la mayoría de la sociedad española es suficientemente madura como para no asustarse porque una chica lleve velo, crucifijo o rece a Jehová durante el recreo. Por suerte, ya sólo hemos de examinar si el asunto es legal o no. Lo del pecado quedó atrás, hace tiempo.

Pareja - Diario Siglo XXI

lunes, 22 de febrero de 2010

Trabajar y esperar

hace ciento cincuenta años los trabajadores no tenían derecho a reunirse u organizarse, trabajaban sin medidas de seguridad, sin vacaciones, durante jornadas de 14 horas los siete días a la semana, podían ser despedidos sin preaviso ni indemnización y la palabra "pensión" no tenía otro significado que el de un lugar donde alojarse un par de noches.

Hoy, gracias a la presión social ejercida durante este siglo y medio, los trabajadores tienen derecho a negociar su salario, a negarse a trabajar si no se cumplen las leyes de seguridad e higiene en el trabajo, existen juzgados donde recurrir si creen vulnerados sus derechos y organizaciones laborales que les defienden. También tienen la obligación de contribuir durante su vida laboral a la hucha de la Seguridad Social, y el derecho a percibir parte de esa hucha en caso de que se cumplan determinadas eventualidades: cumplir 65 años, quedarse en paro, sufrir una enfermedad inhabilitante para continuar trabajando ...

¿Cómo continuará la historia de los trabajadores?

Puede ser que el coste de mantener estos derechos suponga una carga insoportable para las empresas y muchas de ellas cierren. Ello provocaría un incremento de parados cuyo sustento habría de costear la Seguridad Social a la vez que los ingresos para la hucha común decrecerían y una eventual espiral del paro terminaría por quebrar el sistema.

También puede ser que surja un gobierno inteligente que ataque el origen de los problemas y no se dedique solamente a poner parches en las consecuencias. Un gobierno que persiga a los que realmente encarecen el sistema: trabajadores holgazanes, capataces de plantación, falsos enfermos y parados, delincuentes fiscales ... ; un gobierno que dedique el superávit fiscal de los años de bonanza ahorrando para otros períodos menos boyantes.

Cualquiera sabe cómo acabarán las cosas, aunque, si tengo que apostar, me la juego a un par de parches.
Trabajar y esperar

hace ciento cincuenta años los trabajadores no tenían derecho a reunirse u organizarse, trabajaban sin medidas de seguridad, sin vacaciones, durante jornadas de 14 horas los siete días a la semana, podían ser despedidos sin preaviso ni indemnización y la palabra "pensión" no tenía otro significado que el de un lugar donde alojarse un par de noches.

Hoy, gracias a la presión social ejercida durante este siglo y medio, los trabajadores tienen derecho a negociar su salario, a negarse a trabajar si no se cumplen las leyes de seguridad e higiene en el trabajo, existen juzgados donde recurrir si creen vulnerados sus derechos y organizaciones laborales que les defienden. También tienen la obligación de contribuir durante su vida laboral a la hucha de la Seguridad Social, y el derecho a percibir parte de esa hucha en caso de que se cumplan determinadas eventualidades: cumplir 65 años, quedarse en paro, sufrir una enfermedad inhabilitante para continuar trabajando ...

¿Cómo continuará la historia de los trabajadores?

Puede ser que el coste de mantener estos derechos suponga una carga insoportable para las empresas y muchas de ellas cierren. Ello provocaría un incremento de parados cuyo sustento habría de costear la Seguridad Social a la vez que los ingresos para la hucha común decrecerían y una eventual espiral del paro terminaría por quebrar el sistema.

También puede ser que surja un gobierno inteligente que ataque el origen de los problemas y no se dedique solamente a poner parches en las consecuencias. Un gobierno que persiga a los que realmente encarecen el sistema: trabajadores holgazanes, capataces de plantación, falsos enfermos y parados, delincuentes fiscales ... ; un gobierno que dedique el superávit fiscal de los años de bonanza ahorrando para otros períodos menos boyantes.

Cualquiera sabe cómo acabarán las cosas, aunque, si tengo que apostar, me la juego a un par de parches.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Obsesiones

desde los primeros tiempos las principales preocupaciones del hombre han sido procurarse alimento y seguridad. Con el tiempo, una parte del mundo (el tercer ídem) sigue teniendo exactamente las mismas preocupaciones. El segundo mundo no sabe, no contesta, y el primer mundo escribe blogs y busca cosas de las que quejarse.

Aquí, en el primer mundo ya tenemos solucionado el tema del alimento y seguridad, pero para solidarizarnos con los del tercer mundo (ya hemos dicho que los del segundo pasan del tema), hacemos como que aún andamos preocupadillos. Por eso hacemos cosas tales como incluir en el IPC la evolución del precio del caviar, de las angulas y los bogavantes junto a los más terrenales quesos, huevos y vino.



Respecto a la seguridad ... estoy harto de quitarme el cinturón en los aeropuertos, de esperar cuarto de hora ante los guardias de seguridad de cualquier oficina, de apagar el móvil o incluso dejarlo en depósito ¡porque tiene cámara!. Al final, de tanto control, te ves a ti mismo unas veces como un terrorista chihita y otras como un policía tratando de cazar a Bin Laden. Oyes a tres tíos hablando árabe en la calle y ni los miras. Los ves en el aeropuerto, y te cagas de miedo. No te digo si encima llevan mochilas.

A lo mejor son cosas mías, pero me da que cuando el cerebro no tiene cosas importantes de las que preocuparse, se las inventa.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Obama, adalid de la Paz preventiva

Merece la pena leer el discurso que dio ayer el nuevo Premio Nobel de la Paz, Barack Obama. Un discurso de un gran estadista, pero no del prototipo de galardonado que se espera reciba este premio honorífico.

(traducción obtenida de Yahoo)

"Sus Majestades, Sus Altezas Reales, distinguidos miembros del Comité Nóbel de Noruega, ciudadanos de Estados Unidos y ciudadanos del mundo:
Recibo este honor con profunda gratitud y gran humildad. Es un premio que habla sobre nuestras mayores aspiraciones: que a pesar de toda la crueldad y las adversidades de nuestro mundo, no somos simples prisioneros del destino. Nuestros actos tienen importancia y pueden cambiar el rumbo de la historia y llevarla por el camino de la justicia.
Sin embargo, sería una negligencia no reconocer la considerable controversia que su generosa decisión ha generado. (Risas.) En parte, esto se debe a que estoy al inicio y no al final de mis labores en la escena mundial. En comparación con algunos de los gigantes de la historia que han recibido este premio -Schweitzer y King; Marshall y Mandela- mis logros son pequeños. Y luego hay hombres y mujeres alrededor del mundo que han sido encarcelados y golpeados en su búsqueda de la justicia; gente que trabaja en organizaciones humanitarias para aliviar el sufrimiento; millones en el anonimato cuyos silenciosos actos de valentía y compasión inspiran incluso a los cínicos más empedernidos. No puedo contradecir a quienes piensan que estos hombres y mujeres -algunos conocidos, otros desconocidos para todos excepto para quienes reciben su ayuda- merecen este honor muchísimo más que yo.


Pero quizá el asunto más controversial en torno a mi aceptación de este premio es el hecho de que soy Comandante en Jefe de un ejército de un país en medio de dos guerras. Una de esas guerras está llegando a su fin. La otra es un conflicto que Estados Unidos no buscó; uno en que se nos suman otros cuarenta y dos otros países -incluida Noruega- en un esfuerzo por defendernos y defender a todas las naciones de ataques futuros.

De todos modos, estamos en guerra, y soy responsable por desplegar a miles de jóvenes a pelear en un país distante. Algunos matarán. A otros los matarán. Por lo tanto, vengo aquí con un agudo sentido del costo del conflicto armado, lleno de difíciles interrogantes sobre la relación entre la guerra y la paz, y nuestro esfuerzo por reemplazar una por la otra.

Bueno, estas interrogantes no son nuevas. La guerra, de una forma u otra, surgió con el primer hombre. En los albores de la historia, no se cuestionaba su moralidad; simplemente era un hecho, como la sequía o la enfermedad, la manera en que las tribus y luego las civilizaciones buscaban el poder y resolvían sus discrepancias.

Y con el tiempo, a medida que los códigos legales procuraban controlar la violencia dentro de los grupos, los filósofos, clérigos y estadistas también procuraban controlar el poder destructivo de la guerra. Surgió el concepto de "guerra justa", que proponía que la guerra solamente se justifica cuando cumple con ciertas condiciones previas: si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional y, en la medida posible, si no se somete a civiles a la violencia.

Por supuesto, sabemos que durante gran parte de la historia, se ha cumplido pocas veces con este concepto de guerra justa. La capacidad de los seres humanos de idear nuevas maneras de matarse unos a los otros resultó ser inagotable, como también nuestra capacidad para tratar sin ninguna piedad a quienes no lucen como nosotros o le rinden culto a un Dios diferente. Las guerras entre ejércitos dieron lugar a guerras entre naciones: guerras totales en que la distinción entre combatiente y civil se volvía borrosa. En el transcurso de treinta años, este continente se sumió dos veces en matanzas de ese tipo. Y aunque es difícil pensar en una causa más justa que la derrota del Tercer Reich y las potencias del Eje, la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto en el que el número total de civiles que murieron superó al de soldados que perecieron.
Como consecuencia de esa destrucción y con la llegada de la era nuclear, quedó claro para vencedores y vencidos, por igual, que el mundo necesitaba instituciones para evitar otra guerra mundial. Y, entonces, un cuarto de siglo después de que el Senado de Estados Unidos rechazara la Liga de Naciones, una idea por la cual Woodrow Wilson recibió este premio, Estados Unidos lideró al mundo en el desarrollo de una estructura para mantener la paz: un Plan Marshall y Naciones Unidas, mecanismos para regir la manera en la que se libran guerras, los tratados para proteger los derechos humanos, evitar el genocidio y restringir las armas más peligrosas.
De muchas maneras, estos esfuerzos fueron exitosos. Sí, se han librado guerras terribles y se han cometido atrocidades. Pero no ha habido una Tercera Guerra Mundial. La Guerra Fría concluyó con una muchedumbre jubilosa que derrumbó un muro. El comercio tejió lazos entre gran parte del mundo. Miles de millones han salido de la pobreza. Los ideales de libertad, autonomía, igualdad y el imperio de la ley han avanzado a tropezones. Somos los herederos de la fortaleza y previsión de generaciones pasadas, y es un legado por el cual mi propio país legítimamente siente orgullo.


Pero aún asi, transcurrida una década del nuevo siglo, esta antigua estructura está cediendo ante el peso de nuevas amenazas. El mundo quizá ya no se estremezca ante la posibilidad de guerra entre dos superpotencias nucleares, pero la proliferación puede aumentar el peligro de catástrofes. El terrorismo no es una táctica nueva, pero la tecnología moderna permite que unos cuantos hombres insignificantes con enorme ira asesinen a inocentes a una escala horrorosa.
Es más, las guerras entre naciones con mayor frecuencia han sido reemplazadas por guerras dentro de naciones. El resurgimiento de conflictos étnicos o sectarios; el aumento de movimientos secesionistas, las insurgencias y los estados fallidos - todas estas cosas progresivamente han atrapado a civiles en un caos interminable. En las guerras de hoy, mueren muchos más civiles que soldados; se siembran las semillas de conflictos futuros, las economías se destruyen; las sociedades civiles se parten en pedazos, se acumulan refugiados y los niños quedan marcados de por vida.
No traigo hoy una solución definitiva a los problemas de la guerra. Lo que sí sé es que hacerles frente a estos desafíos requerirá la misma visión, arduo esfuerzo y perseverancia de aquellos hombres y mujeres que actuaron tan audazmente hace varias décadas. Y requerirá que repensemos la noción de guerra justa y los imperativos de una paz justa.


Debemos comenzar por reconocer el difícil hecho de que no erradicaremos el conflicto violento en nuestra época. Habrá ocasiones en las que las naciones, actuando individual o conjuntamente, concluirán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino también justificado moralmente.
Hago esta afirmación consciente de lo que Martin Luther King dijo en esta misma ceremonia hace años: "La violencia nunca produce paz permanente. No resuelve los problemas sociales: simplemente crea problemas nuevos y más complicados". Como alguien que está parado aquí como consecuencia directa de la labor a la que el Dr. King le dedicó la vida, soy prueba viviente de la fuerza moral de la no violencia. Sé que no hay nada débil, nada pasivo, nada ingenuo en las convicciones y vida de Gandhi y King.


Pero en mi calidad de jefe de Estado que juró proteger y defender a mi país, no me puede guiar solamente su ejemplo. Enfrento al mundo como lo es, y no puedo cruzarme de brazos ante amenazas contra estadounidenses. Que no quede la menor duda: la maldad sí existe en el mundo. Un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler. La negociación no puede convencer a los líderes de Al Qaida a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no es un llamado al cinismo; es reconocer la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón.

Menciono este punto, comienzo con este punto porque en muchos países hoy en día hay un profundo cuestionamiento del accionar militar, independientemente de la causa. Y a veces, a esto se suma una suspicacia automática por tratarse de Estados Unidos, la única superpotencia militar del mundo.

Sin embargo el mundo debe recordar que no fueron simplemente las instituciones internacionales -no sólo los tratados y las declaraciones- los que le dieron estabilidad al mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Independientemente de los errores que hayamos cometido, hay un hecho clarísimo: Estados Unidos de Norteamérica ha ayudado a garantizar la seguridad mundial durante más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y el poderío de nuestras armas. El servicio y sacrificio de nuestros hombres y mujeres de uniforme han promovido la paz y prosperidad desde Alemania hasta Corea, y permitido que la democracia eche raíces en lugares como los países balcánicos. Hemos sobrellevado esta carga no porque queremos imponer nuestra voluntad. Lo hemos hecho por un interés propio y bien informado: porque queremos un futuro mejor para nuestros hijos y nietos, y creemos que su vida será mejor si los hijos y nietos de otras personas pueden vivir en libertad y prosperidad.

Entonces, sí, los instrumentos de la guerra tienen un papel en mantener la paz. Sin embargo, este hecho debe coexistir con otro: que independientemente de cuán justificada, la guerra conlleva tragedia humana. La valentía y el sacrificio del soldado están llenos de gloria, expresan devoción por la patria, la causa y los compañeros de armas. Pero la propia guerra nunca es gloriosa, y nunca debemos exaltarla como si lo fuera.

Entonces, parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano. Concretamente, debemos dirigir nuestros esfuerzos a la tarea que el Presidente Kennedy propuso hace tiempo. "Concentrémonos", dijo, "en una paz más práctica, más alcanzable, basada no en una revolución repentina de la naturaleza humana, sino una evolución gradual de las instituciones humanas". Una evolución gradual de las instituciones humanas.

¿Qué apariencia cobraría esta evolución? ¿Cuáles podrían ser estas medidas prácticas?
Para comenzar, considero que todos los países, tanto fuertes como débiles, deben cumplir con estándares que rigen el uso de fuerza. Yo, como cualquier jefe de Estado, me reservo el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender a mi país. No obstante, estoy convencido de que cumplir con estándares, estándares internacionales, fortalece a quienes lo hacen y aísla -y debilita- a quienes no.


El mundo respaldó a Estados Unidos tras los ataques del 11 de septiembre y continúa apoyando nuestros esfuerzos en Afganistán, debido al horror de esos atentados sin sentido y el principio reconocido de defensa propia. De la misma manera, el mundo reconoció la necesidad de confrontar a Sadam Husein cuando invadió Kuwait, un consenso que envió un mensaje claro a todos sobre el precio de la agresión.

Es más, Estados Unidos -- de hecho ningún país -- puede insistir en que otros sigan las normas si nosotros nos rehusamos a seguirlas. Pues cuando no lo hacemos, nuestros actos pueden parecer arbitrarios y menoscabar la legitimidad de intervenciones futuras, por más justificadas que sean.
Esto pasa a ser particularmente importante cuando el propósito de la acción militar se extiende más allá de la defensa propia o la defensa de una nación contra un agresor. Más y más, todos enfrentamos difíciles interrogantes sobre cómo evitar la matanza de civiles por su propio gobierno o detener una guerra civil que puede sumir a toda una región en violencia y sufrimiento.
Creo que se puede justificar la fuerza por motivos humanitarios, como fue el caso en los países balcánicos o en otros lugares afectados por la guerra. La inacción carcome nuestra conciencia y puede resultar en una intervención posterior más costosa. Es por eso que todos los países responsables deben aceptar la noción de que las fuerzas armadas con un mandato claro pueden ejercer una función en el mantenimiento de la paz.


El compromiso de Estados Unidos con la seguridad mundial nunca flaqueará. Pero en un mundo en que las amenazas son más difusas y las misiones más complejas, Estados Unidos no puede actuar solo. Estados Unidos por su cuenta no puede lograr la paz. Ése es el caso en Afganistán. Es el caso en estados fallidos como Somalia, donde el terrorismo y la piratería van de la mano con la hambruna y el sufrimiento humano. Y lamentablemente, seguirá siendo la realidad en regiones inestables en el futuro.

Los líderes y soldados de los países de la OTAN -y otros amigos y aliados- demuestran este hecho por medio de la habilidad y valentía que han mostrado en Afganistán. Pero en muchos países, hay una brecha entre los esfuerzos de los militares y la opinión ambivalente del público en general. Comprendo por qué la guerra no es popular. Pero también sé lo siguiente: la convicción de que la paz es deseable rara vez es suficiente para lograrla. La paz requiere responsabilidad. La paz conlleva sacrificio. Es por eso que la OTAN continúa siendo indispensable. Es por eso que debemos reforzar esfuerzos de mantenimiento de la paz a nivel regional y por la ONU, y no dejar la tarea en manos de unos cuantos países. Es por eso que les rendimos homenaje a quienes regresan a casa de misiones de mantenimiento de la paz y entrenamiento en el extranjero, en Oslo y Roma; Ottawa y Sydney; Dhaka y Kigali; los homenajeamos no como artífices de guerra sino como promotores, como promotores de la paz.
Permítanme un punto final sobre el uso de la fuerza. Incluso mientras tomamos decisiones difíciles sobre ir a guerra, también debemos pensar claramente sobre cómo librarla. El Comité del Nóbel reconoció este hecho al otorgar su primer premio de paz a Henry Dunant, el fundador de la Cruz Roja, y un promotor del Tratado de Ginebra.


Cuando la fuerza es necesaria, tenemos un interés moral y estratégico en obligarnos a cumplir con ciertas normas de conducta. Incluso cuando enfrentamos crueles adversarios que no cumplen con ninguna regla, creo que Estados Unidos de Norteamérica debe seguir dando el ejemplo respecto a estándares en conducta de guerra. Eso es lo que nos diferencia de quienes combatimos. Ésa es la fuente de nuestra fuerza. Es por eso que prohibí la tortura. Es por eso que ordené que se clausure la prisión en la Bahía de Guantánamo. Y es por eso que he reiterado el compromiso de Estados Unidos de cumplir con el Tratado de Ginebra. Perdemos nuestra identidad cuando no cumplimos los ideales mismos que estamos luchando por defender.
Y honramos - honramos dichos ideales al cumplir con ellos no sólo cuando es fácil, sino cuando es difícil.


He hablado extensamente sobre asuntos que debemos sopesar con la razón y el corazón cuando optamos por librar guerra. Pero permítanme pasar ahora a nuestro esfuerzo por evitar opciones tan trágicas y hablar sobre tres maneras en que podemos promover una paz justa y duradera.
En primer lugar, al tratar con aquellos países que trasgreden normas y leyes, creo que debemos desarrollar alternativas a la violencia que son suficientemente firmes como para cambiar la conducta, pues si queremos una paz duradera, entonces las palabras de la comunidad internacional deben tener peso. Se debe hacer que aquellos regímenes que van en contra de las normas rindan cuentas por sus actos. Las sanciones deben conllevar un escarmiento real. La intransigencia debe combatirse con mayor presión, y esa presión existe sólo cuando el mundo actúa al unísono.


Un ejemplo urgente es el esfuerzo por evitar la proliferación de armas nucleares y lograr un mundo sin ellas. A mediados del siglo pasado, las naciones acordaron regirse por un tratado con un objetivo claro: todos tendrán acceso a la energía nuclear pacífica; quienes no tienen armas nucleares deben renunciar a ellas, y quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme. Me he comprometido a plasmar este tratado. Es el eje de mi política exterior. Y estoy trabajando con el Presidente Medvedev para reducir las reservas de armas nucleares de Estados Unidos y Rusia.

Pero también nos incumbe a todos insistir en que países como Irán y Corea del Norte no jueguen con el sistema. Quienes afirman respetar las leyes internacionales no deben hacer caso omiso de cuando se incumplen dichas leyes. Quienes se interesan por su propia seguridad no pueden cerrar los ojos ante el peligro de una carrera armamentista en el Oriente Medio o el Extremo Oriente. Quienes procuran la paz no pueden permanecer cruzados de brazos mientras los países se arman para una guerra nuclear.

El mismo principio se aplica a quienes incumplen con las leyes internacionales al tratar brutalmente a su propio pueblo. Cuando hay genocidio en Darfur; violaciones sistemáticas en el Congo, o represión en Birmania, deben haber consecuencias. Sí, habrá acercamiento; sí, habrá diplomacia - pero tienen que haber consecuencias cuando esas cosas fallen. Y mientras más unidos estemos, menores las probabilidades de que nos veamos forzados a escoger entre la intervención armada y la complicidad con la opresión.

Esto me lleva al segundo punto: el tipo de paz que buscamos. Pues la paz no es simplemente la ausencia de un conflicto visible. Solamente una paz justa y basada en los derechos inherentes y la dignidad de todas las personas realmente puede ser perdurable.
Fue este entendimiento lo que motivó a quienes redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos después de la Segunda Guerra Mundial. Tras la devastación, reconocieron que si no se protegen los derechos humanos, la paz es una promesa vana.
Sin embargo, con demasiada frecuencia, se ignoran estas palabras. En algunos países, la excusa para no defender los derechos humanos es la falsa sugerencia de que éstos son principios occidentales, extraños a culturas locales o etapas de desarrollo de una nación. Y dentro de Estados Unidos, desde hace tiempo existe tensión entre quienes se describen como realistas o idealistas, una tensión que polariza las opciones: una mera lucha en defensa de nuestros intereses o una campaña interminable por imponer nuestros valores alrededor del mundo.
Rechazo estas opciones. Creo que la paz es inestable cuando se les niega a los ciudadanos el derecho a hablar libremente o practicar su religión como deseen; escoger a sus propios líderes o congregarse sin temor. Los agravios que no se ventilan empeoran, y la supresión de identidad tribal y religiosa puede llevar a la violencia. También sabemos que lo opuesto es cierto. Sólo cuando Europa obtuvo la libertad pudo finalmente encontrar la paz. Estados Unidos nunca ha librado una guerra contra una democracia, y nuestros amigos más cercanos son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos. Independientemente de la frialdad con que se definan, no se satisfacen los intereses de Estados Unidos ni del mundo con la negación de las aspiraciones humanas.


Entonces, incluso mientras respetamos las culturas y tradiciones particulares de diferentes países, Estados Unidos siempre será una voz para las aspiraciones universales. Daremos testimonio de la silenciosa dignidad de reformistas como Aung Sang Suu Kyi; de la valentía de los zimbabuenses que emitieron sus votos a pesar de golpizas; de los cientos de miles que han marchado silenciosamente por las calles de Irán. Dice mucho el que los líderes de estos gobiernos les teman a las aspiraciones de sus propios pobladores más que al poder de cualquier otra nación. Y es la responsabilidad de todas las personas libres y los países libres dejarles en claro a estos movimientos que la esperanza y la historia están de su lado.

Permítanme decir esto también: la promoción de los derechos humanos no puede limitarse a la exhortación. A veces, debe ir acompañada de laboriosa diplomacia. Sé que el trato con regímenes represivos carece de la grata pureza de la indignación. Pero también sé que las sanciones sin esfuerzos de alcance -y la condena sin discusión- pueden mantener un status quo agobiante. Ningún régimen represivo puede ir por un nuevo sendero a no ser que tenga la opción de una puerta abierta.

En vista de los horrores de la Revolución Cultural, la reunión de Nixon con Mao parecía inexcusable, pero no hay duda de que ayudó a llevar a China por un camino en el cual millones de sus ciudadanos han podido salir de la pobreza y conectarse con sociedades abiertas. Los lazos del Papa Juan Pablo con Polonia creó un espacio no sólo para la Iglesia Católica sino también para líderes sindicales como Lech Walesa. Los esfuerzos de Ronald Reagan por el control de armas y la aceptación de la perestroika no sólo mejoraron las relaciones con la Unión Soviética sino que les otorgó poder a disidentes en toda Europa Oriental. No existe una fórmula simple. Pero debemos tratar de hacer lo posible por mantener el equilibrio entre el ostracismo y la negociación; la presión y los incentivos, de manera que se promuevan los derechos humanos y la dignidad con el transcurso del tiempo.

En tercer lugar, una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones.

No hay duda de que el desarrollo rara vez echa raíces sin seguridad; también es cierto que la seguridad no existe cuando los seres humanos no tienen acceso a suficiente alimento, el agua potable o los medicamentos que necesitan para sobrevivir. No existe cuando los niños no pueden aspirar a una buena educación o un empleo decente que mantenga a una familia. La falta de esperanza puede corromper a una sociedad desde su interior.

Y es por eso que ayudar a los agricultores a alimentar a su propia gente, o a los países a educar a sus niños y a cuidar a los enfermos no es simplemente caridad. También es el motivo por el cual el mundo debe unirse para hacerle frente al cambio climático. Hay pocos científicos que no estén de acuerdo en que si no hacemos algo, enfrentaremos más sequías, hambruna y desplazamientos masivos que alimentarán más conflictos durante décadas. Por este motivo, no son sólo los científicos y activistas los que proponen medidas prontas y enérgicas; también lo hacen los líderes militares de mi país y otros que comprenden que nuestra seguridad común está en juego.
Acuerdos entre naciones. Instituciones sólidas. Apoyo a los derechos humanos. Inversiones en desarrollo. Todos éstos son ingredientes vitales para propiciar la evolución de la cual habló el Presidente Kennedy. Sin embargo, no creo que tendremos la voluntad, la determinación o la resistencia para concluir esta labor sin algo más: esto es, la expansión continua de nuestra imaginación moral; una insistencia en que hay algo intrínseco que todos compartimos.
Al reducirse el mundo, uno pensaría que iba a ser más fácil que los seres humanos reconozcamos lo similares que somos; que comprendamos que todos nosotros queremos básicamente lo mismo; que todos anhelamos la oportunidad de vivir con cierto grado de felicidad y satisfacción para nosotros y nuestra familia.


Sin embargo, dado el vertiginoso ritmo de la globalización y la homogenización cultural promovida por la modernidad, no debería sorprendernos que la gente tema perder lo que aprecia de su identidad particular: su raza, su tribu y quizá más que nada, su religión. En algunos lugares, este temor ha producido conflictos. A veces, incluso parecemos estar retrocediendo. Lo vemos en el Oriente Medio, donde el conflicto entre árabes y judíos parece estar agravándose. Lo vemos en los países donde las divisiones tribales causan estragos.

Y más peligroso aun, lo vemos en la manera en que se usa la religión para justificar el asesinato de inocentes por personas que han distorsionado y profanado la gran religión del Islam, y que atacaron a mi país desde Afganistán. Estos extremistas no son los primeros en matar en nombre de Dios; hay amplia constancia de las atrocidades de las Cruzadas. Pero nos recuerdan que ninguna Guerra Santa puede ser jamás una guerra justa, pues si uno realmente cree que cumple con la voluntad divina, entonces no hay necesidad de templanza, no hay necesidad de perdonarle la vida a una madre embarazada o a un asistente médico, o trabajador de la Cruz Roja, ni siquiera a una persona de la misma religión. Una perspectiva tan distorsionada de la religión no sólo es incompatible con el concepto de la paz, sino también creo que es incompatible con el propósito de la fe, pues la regla de vital importancia en todas las principales religiones es tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti.
Cumplir con esta ley de amor siempre ha sido el foco en la lucha de la naturaleza humana. No somos infalibles. Cometemos errores y caemos presa de las tentaciones del orgullo y el poder, y a veces la maldad. Incluso aquellos de nosotros con las mejores intenciones a veces dejamos de rectificar los errores ante nosotros.


Pero no tenemos que pensar que la naturaleza humana es perfecta para continuar creyendo que se puede perfeccionar la condición humana. No tenemos que vivir en un mundo idealizado para seguir aspirando a los ideales que lo harían un lugar mejor. La no violencia que practicaban hombres como Gandhi y King quizá no sea práctica o posible en todas las circunstancias, pero el amor que predicaron, su fe en el progreso humano, siempre debe ser la estrella que nos guíe en nuestra travesía.
Pues si perdemos esa fe, si la descartamos como tonta o ingenua, si existe un divorcio entre ésta y las decisiones que tomamos sobre asuntos de guerra y paz. entonces perdemos lo mejor de nuestra humanidad. Perdemos nuestro sentido de lo que se puede lograr. Perdemos nuestro compás moral.


Al igual que las generaciones anteriores a la nuestra, debemos rechazar ese futuro. Como dijo el Dr. King en una ceremonia similar hace tantos años, "Me rehúso a aceptar la desesperanza como la respuesta final a la ambigüedad de la historia. Me rehúso a aceptar la idea de que la realidad actual de la naturaleza humana haga que el hombre sea moralmente incapaz de alcanzar las aspiraciones eternas que siempre enfrenta".
Aspiremos al mundo que debería existir: esa chispa de divinidad que aún llevamos como inspiración en el alma.


Hoy en algún lugar, en estos precisos momentos, en el mundo como lo es, un soldado ve que alguien lo sobrepasa en potencia de fuego pero permanece firme para mantener la paz. Hoy en algún lugar de este mundo, una joven manifestante aguarda la brutalidad de su gobierno, pero tiene la valentía de seguir marchando. Hoy en algún lugar, una madre enfrenta una pobreza devastadora pero de todos modos se da tiempo para enseñarle a su hijo, junta las pocas monedas que tiene para enviar a ese niño a la escuela porque cree que un mundo cruel todavía puede dar cabida a sus sueños.

Vivamos siguiendo su ejemplo. Podemos reconocer que la opresión siempre estará entre nosotros y aun así, esforzarnos por lograr la justicia. Podemos admitir la inflexibilidad de la depravación y aun así, esforzarnos por lograr la dignidad. De ojos abiertos, podemos comprender que habrá guerras y aun así, esforzarnos por lograr la paz. Podemos hacerlo, pues ésa es la historia del progreso humano; ésa es la esperanza de todo el mundo, y en este momento de desafíos, ésa debe ser nuestra labor aquí en la Tierra.

Muchas gracias"

(TEXTO FACILITADO POR LA OFICINA DE PRENSA DE LA CASA BLANCA)

miércoles, 5 de agosto de 2009

Cualquier tiempo pasado ... ¿fue mejor?

Es una frase que se repite en distintos foros. Que si antes se vivía mejor, que si la gente era más educada, la comida más sana, los hombres más nobles y las mujeres más virtuosas, que si las pelis eran de mayor calidad y los trajes de mejor factura, y etcétera, etcétera ...

Pero si nos ponemos a hablar de brutalismo humano, me decanto porque este mundo globalizado nos ha hecho más evolucionados. Un ejemplo:

Durante nuestra reciente estancia en Inglaterra, y en un intervalo de una sola semana fallecieron los dos últimos soldados ingleses que habían luchado en la I Guerra Mundial, "la Gran Guerra" como ellos la llaman. Los telediarios abrieron con la noticia y la monarquía y el parlamento les rindieron honores de Estado. Los diarios escribieron sobre las vivencias de estos dos abuelitos y ello me permitió conocer un episodio histórico del que nunca había oído hablar, la Batalla de Passchendaele.

En esta batalla, librada en Bélgica desde junio a noviembre de 1917 se lanzaron 4,5 millones de proyectiles desde más de 3.000 piezas de artillería. Tal cantidad de impactos sobre los sembrados y las acequias, unido a abundantes lluvias convirtieron el suelo en un barro tan líquido que los caballos se ahogaban y los cadáveres de miles de soldados jamás fueron encontrados.


El resultado: los aliados tomaron Passchendaele, un avance de cinco millas en seis meses.
El precio: perdieron la vida aproximadamente 500.000 hombres según la BBC.

Como referencia, el choque más cruento de la Guerra Civil Española fue la Batalla del Ebro, entre julio y noviembre de 1938 y murieron 16.500 soldados.

Sí, es cierto que nos seguimos matando en distintos sitios del mundo. Pero hay grandes áreas del globo donde mandar a regimientos enteros a morir como "carne de cañón" ya no es políticamente correcto. Permitidme ser optimista y decir que en esto de masacrarnos, cualquier tiempo pasado fue peor.

lunes, 25 de mayo de 2009

el cerdo

esta mañana apenas había tráfico en la carretera, pero al llegar a la "cuesta de los dominicos", en la entrada a Madrid, se ha formado un poco de atasco. Todos parados, unos resignados, otros enfadados. Detrás tenía un Mini, que en los siguientes dos o tres minutos ha cambiado de carril al menos cuatro veces. Lo he tenido, delante, detrás y al lado casi sin interrupción. ¡Qué nervioso el tío!. Me he empezado a fijar en él mientra se movía de un lado a otro buscando el carril mágico, una especie de vía 9 y 3/4 como en las pelis de Harry Potter.

El caso es que el sujeto molestaba a alguien cada vez que se cambiaba de lado. Qué plasta, oye. A éste pavo no importaba nada el resto. No le importaba que los demás también quisieran llegar a sus trabajos a tiempo. No le importaban las normas de tráfico. No le ha importado tirar una colilla por la ventana. Seguro que ni sabe que está prohibido tirarla.

Cuando se ha deshecho el atasco, y a pesar de todos sus esfuerzos, el tío estaba otra vez detrás de mí. Le he esperado para verle el careto. Bingo. Cara de gilipollas. Pijete y relamido. No he podido evitar desearle otro atasco antes de que llegara a su destino. Je, je.

Mientras le observaba hacer el indio, he pensado en el mal que tanto aqueja a la sociedad actual: la falta de respeto. El hombre del Mini probablemente mantenga su actitud tras aparcar en su garaje. Faltará al respeto a su mujer, a sus hijos y a sus amigos, al equipo rival, a su jefe, a sus empleados ... a todo el que se encuentre. Y es que las actitudes ante la vida, como ésta, son tan reflejas que hay muy poca gente capaz de comportarse como un caballero en unos ambientes y como un cerdo en otros.
Normalmente, o eres lo primero, o eres lo segundo.

viernes, 6 de marzo de 2009

¿Solidaridad, o ingenuidad?

os pregunto ¿cuál ha de ser nuestra actitud ante los desconocidos que piden nuestra ayuda económica?. Por ejemplo, ante personas que venden "La Farola" en la calle, o ante los que nos quiere vender unos pañuelos en el semáforo, o en otra dimensión ante los hambrientos que nos miran desde algún ignoto país africano a través de la pantalla de TV. Daos cuenta de hablamos de gente que no conocemos y por tanto, al ayudarles hacemos un acto de fe creyendo que realmente necesitan nuestra ayuda.

Es difícil responder ¿no? Yo veo que en mi entorno la gente está muy desengañada. Hay personas que harían lo que fuera por alguien cercano pero que ya no se fían de lo que no conocen. No siempre pensaron así, pero la vida abre muchos ojos a palo limpio, y a veces cuando más abrimos los ojos más cerramos las manos. Les puedo entender, pero aún no comparto su fatalismo.

Para mí, un tío que vende pañuelos en el semáforo es un necesitado que se juega el tipo entre los coches. Un yonqui que mendiga en el metro es un pobre tipo a quien nuestra indiferencia ya no hace ni daño, pero quizá sí nuestro desprecio. Y las ONG´s son organizaciones que cubren la brecha que la avaricia occidental ha creado entre dos mundos. No soy ciego, sé que a veces el del semáforo se gastará la recaudación en whisky, el yonki puede ser el mismo que luego me robe en una esquina y la ONG puede estar dirigida por un estafador que se lo lleva crudo.

Así que, de momento, prefiero formar en las filas de los que abren la cartera sin preguntar. Me siento orgulloso de ver los logos de las ONG´s con las que colaboro en medio de los campos arrasados de África, Sudamérica y Asia, pero aún más cuando esos campos cambian de aspecto graciaa a nuestra ayuda. Y quizá cambie de idea, con el tiempo y unos cuantos golpes, pero aún tengo la suficiente confianza en la gente para agradecer la sonrisa del tipo del semáforo, sin preguntarme si sonríe por gratitud o porque ya está paladeando un trago de whisky a mi salud.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Libres como pájaros

Si un extraterrestre llegase hoy a nuestro planeta tendría dificultades para entender muchos de los conceptos que usamos diariamente. Por ejemplo una de esas palabras que nos llenan la boca al decirlas: libertad.

Uno de derechas le explicaría que un "liberal" defiende ante todo la autonomía del individuo evitando en lo posible la intervención del poderoso estado. El extraterrestre se haría una idea de lo que significa libertad, pero sólo hasta que uno de izquierdas le dijera que un "libertario" defiende, ante todo, la autonomía del individuo frente a la intervención del poderoso ricachón. ¿Por qué pelean entonces, si defienden casi lo mismo?

Luego un no creyente le hablaría de la libertad de culto dentro de un estado aconfesional, pero tendría problemas para explicar por qué ese estado aconfesional subvenciona a la Iglesia. El representante de la Iglesia le diría que Jesucristo murió por liberarnos del pecado, pero el extraterrestre difícilmente entendería porqué antes de Jesús nadie pensaba en el pecado y sin embargo después de él no hacemos más que pedir perdón por los "pecados" cometidos.

El extraterrestre volvería a su nave acongojado de la cantidad de libertad de la que disfrutamos en la Tierra. También se llevaría una multa por aparcar libremente su nave espacial en algún descampado, y quedaría fichado desde entonces en un montón de bases de datos de las que "libremente" podría pedir que le borrasen. Vamos que si se queda unos días más, le bautizamos, le empadronamos y le hacemos socio del Atleti, libremente claro está.

Sí, yo también me siento un poco extraterrestre algunas veces.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Citius, altius, fortius

Extraños días éstos, en que la competencia lo domina todo. En el siglo XXI el éxito de un individuo ya no es un espejo para el resto. Ya nadie se alegra por él. De hecho ya ni siquiera se le envidia. Al triunfador solamente se le critica o incluso se sospecha del origen de su ascenso social. Salvo que hablemos de un desconocido, claro ( a los conocidos, ni agua ). En ese caso solemos admirar el resultado, pero nunca el camino recorrido hasta llegar a él. Y si el sujeto finalmente ha caído, su currículum se hace invisible de repente, pues sólo veremos "un fracasado" frente a nosotros.
Citius, altius, fortius, esa es la regla. Como si de una competición se tratase, ya sólo se valora la inmediatez del triunfo. Profesionalmente hablando, nos creemos expertos tras sólo unos meses de prácticas; cambiamos de empleo sin parar buscando un rápido incremento de salarios. La vinculación a una empresa durante toda tu vida es cosa del pasado, y es normal que la gente cambie de empleo cada tres o cuatro años.

Es cierto que los sistemas retributivos de las empresas no animan a otra cosa. Ya no se paga la fidelidad a la empresa, más bien lo contrario. La antigüedad es un carga y lo que se valora es la novedad. ¿Quién no ha pensado alguna vez que se paga mejor a los recién llegados que a los veteranos con experiencia? Y no hablo de gente en el fin de su carrera, sino de "veteranos" de 30 años con cinco años en el mismo puesto que ven como a su lado ponen a otro treintañero que cobra el doble que ellos por el mismo trabajo. No es de extrañar por tanto que se reciba a los "nuevos" con miradas de desconfianza y desde luego sin ninguna ilusión.

Poco a poco vamos entrando todos en una espiral de competencia, y sucede que nadie entiende porque alguien decide detener su carrera por propia voluntad. Oímos que Pepe o Juan han decidido cambiar su sueldo por calidad de vida y sólo lo concebimos si ha tenido alguna enfermedad o golpe vital por medio. ¿Renunciar a la pasta o a la fama por que sí? Imposible.

Más rápido, más alto, más fuerte. Parece que el antiguo lema del Barón de Coubertin se adapta mejor hoy a la vida profesional que a la deportiva ... ¿ tenemos aún alguna posibilidad de retirarnos de esta carrera ?

domingo, 30 de noviembre de 2008

tonto de los huevos

ayer mismo, en una conversación sobre viajes, durante una fiesta, salió a relucir la ciudad de Berlín. Uno de los comparsas dijo que había ido varias veces, en viajes de uno o dos días. Inocentemente, le pregunté. "¿Fuiste de clubes? me han contado que la noche berlinesa es tremenda." El tío me dijo que no, y me empezó a hablar de vestigios del Tercer Reich y de la grandiosidad del Olimpia Stadium. En ese momento recordé que alguien me había comentado que el pieza en cuestión había sido skin. Le di dos palmadas en la espalda y desaparecí. Vale chato, hay aquí mucha gente y no tengo por qué perder el tiempo justo contigo.

Hoy he venido pensando en en él mientras regresaba del pueblo. El pavo debe tener unos 26 ó 27 años, edad suficiente para saber lo que uno hace. Tiene un aspecto normal, más bien guapete, buen hijo, un tío educado y simpático. Nada que aparente que tiene el cerebro hecho de yogur. Y claro, eso me dio algo de miedo; ¿cuántos como ése hay por ahí?, pensé. Tíos que son capaces de admirar a un sujeto que provocó la muerte de unos 60 millones de personas.

martes, 12 de febrero de 2008

¡qué cansinos!

"OS QUIERO, OS QUIERO, ... os quiero engañar a todos" decía por lo bajo el candidato mitinero al que parodiaba Pedro Ruiz en "Como Pedro por su Casa". Desde aquel programa televisivo de los 80 han pasado los suficientes años para que Pedro perdiese la gracia, pero no tantos como para que los políticos cambien.

Tiempo de campaña, tiempo de subasta. No son aún las fiestas patronales, pero la verbena luce y gira. ¡Siempre toca caballero! ¡Juegue un boleto a la lotería del 9 de marzo! Coja estos 400€, ¡son suyos!. No, no, no coja esa limosna señorita. ¡Súbase a este estupendo carro de progreso y felicidad!

Los voceros de los partidos suavizan su voz y afilan su lengua ante el paso de los votantes. Te doy esto, te doy aquello. Vótanos. Mientras, sus líderes se dedican a predicar en plazas de segunda delante de públicos entregados. Ya me gustaría verles soltando las mismas soflamas, pero en la plaza del contrario, delante de una multitud hostil que no les aplaudiría más que al despedirse. Embaucadores, y además, cobardicas.

Métanse sus preciosas promesas por el puto culo, les diría yo tanto a uno como al otro si tuviese oportunidad. Y no me importa ser maleducado, pues, al igual que Fernando Fernán Gómez, sólo debo respeto a quien es respetuoso con los demás. Y estos, no se respetan ni a ellos mismos.