domingo, 2 de marzo de 2008

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Unas letras de lápiz tenían adentro una lucecita que brillaba sólo para mí.

 

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Anoche, cocinando, me quemé la mano con un fierrito muy caliente.

Tenía hambre porque no había almorzado y ya era tarde por la noche. Las cervezas que había tomado un rato antes fluían conmigo en la cocina y le daban a todo, y a mí, un efecto de slow motion que me hizo difícil darme cuenta de que me quemaba mientras me quemaba. Y fue gracioso porque nunca me he quemado, y entiendo ahora mi incredulidad anoche, mientras tenía en la mano algo tan caliente, que me producía una sensación de dolor tan particular y nueva, que me tomó varios segundos unir los elementos en mi mente necesarios para abrir la mano y soltar esa rejilla del asa calcinante.

Esos segundos de anoche han dejado en mi mano una marca roja bastante interesante. Es una línea, ni grande ni pequeña, que parece haber aparecido para almacenar estos días y recordármelos siempre.